Monóculos

El director de cine Fritz Lang con su inseparable monóculo. Fuente: http://www.boston.com

Señal de riqueza, huella de masculinidad o signo de dandismo, el monóculo es un objeto de difícil supervivencia. Quizá su incomodidad, basada en la antinatural colocación sobre la mejilla y en lo poco prácticos que resultaban a quienes tenían problemas visuales en ambos ojos, lo hacían precisamente atractivo a la clase pudiente. Desde el Mr. Barnacle de Charles Dickens en Little Dorrit, el monóculo representa la arrogancia y la pretenciosidad en los inicios del capitalismo industrial. Normalmente a su empleo se unía la mirada por encima del hombro y el gesto remilgado en la comisura de los labios.

Resulta más interesante, sin embargo, el empleo del monóculo por algunos representantes de la vanguardia europea. Popularizado por los personajes de Oscar Wilde, las generaciones más jóvenes lo adoptaron como signo de distinción “a la inglesa”–Louis Aragon o Arthur Cravan, por ejemplo–. Pero fue el rumano Tristan Tzara quien le concedió un significado muy apropiado para el universo vanguardista. La pretenciosidad del monóculo, la arrogancia derivada de su uso, la economía de medios gestuales que proporcionaba –su accidental caída como signo de asombro o sorpresa–, lo convertían en un objeto del gusto dadaísta y, al mismo tiempo, lo conducían a su inexorable desaparición.

Imaginen la contradicción que podía llegar a derivarse al descubrirlo sobre el pómulo derecho de alguien como Tzara, bajito y de complexión física débil: su propia presencia se convertía así en un literal acto dadaísta por la vía del absurdo, pudiendo ser comparada con su tendencia a componer poemas a partir de palabras recortadas azarosamente de un periódico. Y, precisamente, otro artista perteneciente a Dadá, el alemán Raoul Hausmann, también comenzó a llevarlo en la época gloriosa del dadaísmo berlinés. Con él colocado sobre el ojo izquierdo pronunciaba sus recitales de versos hechos con palabras inventadas a partir de una curiosa cacofonía, más próxima a la estridencia de las onomatopeyas de la gran ciudad que a los sonidos eufónicos de la poesía tradicional.
Las mujeres no fueron insensibles a su empleo. La nueva mujer, emancipada social y sexualmente en los años veinte, muestra orgullosa su aspecto andrógino y luce a veces el monóculo como un signo más de indeferenciación genérica, acompañado del recorte de cabello à la garçonne . Tanto con este deslizamiento como con su uso por parte de la vanguardia, un accesorio algo antipático y clasista fue sometido a una brillante deconstrucción semántica antes de su completa desaparición.

Otto Dix: Sylvia von Harden, 1926. © Musée National d’Art Moderne, Centre Georges Pompidou.

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  1. canny

    Aaah Rafa, que refrescante leerte de nuevo. Aprendizaje divertido, este es mi snack literario sabroso y nutritivo…

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