Thanks, Bradbury; merci, Truffaut

Montag “lee” el diario antes de dormir. © 1966, MGM

Anteayer nos dejó Ray Bradbury. No puedo decir que haya leído varias de sus novelas: tan solo Fahrenheit 451, y además François Truffaut fue quien tuvo la culpa. Pero, sin ser a mi pesar uno de mis autores favoritos –reconozco, quizá para furia de sus seguidores, que prefiero la película al libro– tanto el uno como el otro iban a cambiar mi vida.

Hubo un tiempo en que solo había una televisión pública en España. La Primera y el UHF, un nombre algo marciano que luego cada uno llamaba a su conveniencia: la Segunda Cadena, el segundo canal, la segunda o vaya usted a saber. Ni que decir tiene que, especialmente tras la llegada de la democracia y hasta la invasión atroz de las privadas, la calidad de ambos canales alcanzó unos niveles que jamás podrán igualarse. Y parte de culpa la tenía un programa dirigido y presentado por un señor circunspecto, con barba, que fumaba en pipa mientras hablaba –en esos tiempos se fumaba y bebía alcohol en televisión– y que respondía al nombre de José Luis Balbín. Presentaba un programa los viernes en la noche, cuyo nombre era La clave, que tenía una estructura basada en la proyección de una película y un debate posterior con distintas personalidades a partir del tema principal del filme. Pese a que entonces contaba yo unos nueve años, solía ver las películas con mi familia: una de aquellas noches proyectaron Fahrenheit 451.

El tema de la película me fascinó como solo te pueden encandilar las cosas cuando eres niño: quedé absorto y maravillado ante algo que me resultaba inexplicable. No podía comprender entonces cuáles eran las implicaciones de aquellos bomberos que quemaban libros en una sociedad donde se prohibía la lectura, la obsesión de la esposa del protagonista, Montag, por ver la televisión compulsivamente, la fresca espontaneidad de Clarisse con Montag, o la huida de ambos con la gente libro para evitar que la literatura desapareciera para siempre.

Sin embargo, hubo una secuencia que se me quedó grabada a fuego –valga la redundancia– y que, no por incomprensible para mí en aquel momento, iba a cambiar menos mi relación con los libros. Me refiero al instante en que la anciana propietaria de una librería clandestina decide inmolarse junto con sus libros en lugar de permitir que sean los bomberos, y sobre todo su jefe, quienes se den el gusto de cumplir con el trabajo.

Miraba con los ojos bien abiertos aquella autoinmolación sin dar crédito a lo que estaba viendo. Sabía, sin embargo, que sus motivos eran buenos porque su agonía era similar a las de los mártires cristianos. Sonreía, y mientras su mirada adquiría un cariz beatífico. Por razones obvias, no podía identificar la mayoría de los libros apilados en la pira. No obstante, y eso es lo más maravilloso de todo, algunos estaban a la espera. Entre novelas, tratados religiosos y ensayos de filosofía, Nadja de André Breton, varios libros de Salvador Dalí o Zazie dans le métro de Raymond Queneau me miraban mientras eran devorados por las llamas. Por aquel entonces, mis lecturas eran las mismas que la de la mayoría de los niños de la época: tebeos infantiles –de Marvel a Tintín– y las entrañables novelas de Julio Verne, con las que podía trasladarme a millares de kilómetros, millas y leguas sin salir de mi cuarto. Varios años más tarde, los libros que había visto en Fahrenheit 451 andarían entre mis manos y, de nuevo, cambiarían mi vida.

Muchas veces me he preguntado qué libro memorizaría si tuviera que hacerlo en un mundo como el de Fahrenheit 451. Espero que aquello jamás se produzca, pues temo que la memoria vaya a menos a medida que la vida vaya a más. Pero, aunque solo sea por aventurar, el libro elegido sería Nadja. Bien pensado, yo no lo habría escogido: él ya lo habría hecho cuando ambos nos miramos en Fahrenheit 451. Y los dos nos comprometimos a salvarnos sin saber quién era Nadja y quién ese hombre que se llamaba André Breton, de quien años más tarde vería cientos de veces sus retratos fotográficos con una melena leonina, demasiado moderna para llevarla en los años veinte y treinta. Lo memorizaría palabra por palabra. Y, después, recorrería de nuevo la ciudad para descubrir presagios en cada calle, maravillas en cada barrio, signos en cada rincón. Porque a la obligación de convertirme en un “hombre libro”, Nadja me habría devuelto el inconmensurable regalo de haberme transformado en un hombre libre.

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