Oda a Mazda

Santificada seas, Mazda gloriosa. Tú que has iluminado mi niñez, mi adolescencia y el inicio de mi madurez con tus cálidos colores  en mis noches de estudio, de ocio y de deseo. Tus rayos han rozado tenuemente las superficies suaves del mármol y el bronce pulidos en las obras que admiro; tus tonos convierten en piel de naranja la epidermis tostada que sigo adorando. Te presento mis respetos porque sin ti jamás se habría impreso en mi retina la incombustible belleza de las actrices y de los actores que, bañados en la luz de cegadora de tus focos, acompañaron mi niñez y mi adolescencia en los cines de programa doble y en los ciclos de cine en blanco y negro de Televisión Española. Afuera subía la temperatura mientras el dictador rendía cuentas con el destino y los movimientos vecinales pedían a gritos que se abrieran las puertas a una bocanada de aire fresco. Pero dentro del cine o dentro del cuarto de mi casa el calor de los focos Mazda traspasaba el cristal de la pantalla y alegraba mi infancia con un paraíso de celuloide.

Antes de saber lo que era la tristeza, y no digo la tristeza infundada sino la verdadera e inhóspita tristeza, ya la había experimentado con el rostro de Bogey, Barbara, Spencer, Bette, Joan o Lana. Antes de imaginar qué podía ser el surrealismo, ya me había asombrado el absurdo ingenioso de Keaton, Grant, Hepburn, Groucho o Harpo Marx. Antes de intuir lo que era el deseo, ya lo había vivido en el beso inacabable en primer plano de Cary e Ingrid mientras sostenían un insulso diálogo acerca de cocinar o no un pollo para la cena. Antes de conocer en mis carnes o en las de mis seres queridos qué es la injusticia y el sufrimiento, podía intuirlo en el rostro impasible y arado por la desesperanza de Gary, de Marlene o de Orson. Antes de sentir el puño cerrado de la rebeldía en mi vientre, los eternamente jóvenes James, Natalie y Sal me mostraban cómo debía ser aquella angustia tumbados bajo el telar del cielo estrellado, construyendo con palabras un mundo imposible. Toda la educación sentimental, emocional e incluso vital, de mi generación y de muchas otras antes de la mía se ha alimentado al ritmo inacabable de 24 imágenes por segundo, iluminadas por tu majestuoso brillo, bombilla incandescente Mazda. Cada generación crea sus mitos y derroca a los anteriores, pero los de ahora se muestran virtuales sobre la imagen más fría de un plasma de cinco a quince pulgadas.

Gracias a ti, a tu sensual forma bulbosa y al gusano de fuego que duerme tumbado sobre dos filamentos,  comprendo ya por qué las actrices y los actores de ese Hollywood irreal, mítico y pulsional, llevaban el nombre de estrellas. Porque su fulgor era más auténtico y carnal que el de los santos en los que depositaba mi fe o los que ilustraban, descoloridos, mis venerados libros de arte. A través del lienzo blanco del cine o la pantalla convexa del televisor, sutilmente unas partículas de su brillo se aproximaban hacia mí, y eran lo bastante numerosas como para rozar la estela que ellas trazaban mientras abandonaban definitivamente el plano en un rotundo fundido en negro.

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