Ava Gardner, lo vivido y lo bebido

Ponerse el mundo por montera. No creo que haya nadie en el mundo que no haya querido, alguna vez en su vida, romper las reglas del juego para alcanzar la libertad. Justamente eso es lo que hizo una de las actrices más carismáticas del cine clásico, la que fue denominada –con un tufo machista– “el animal más bello del mundo”: la actriz Ava Gardner. Todo un manifiesto vital y mortal que es narrado sabiamente por el cineasta Isaki Lacuesta en su documental La noche que no acaba (2011), una joya que de forma casual descubrí ayer en los indispensables Cines Princesa.

He de confesar que su vida siempre me ha parecido tan interesante como su carrera cinematográfica. Que una muchacha, provinciana y bellísima, de Carolina del Norte descubriera en la España de Franco el mejor modo de disfrutar de la vida podría parecer esperpéntico. A principios de los cincuenta, Madrid resultaba “más triste que un torero al otro lado del telón de acero”, como cantaba Joaquín Sabina cuatro décadas más tarde. Pero no era así para los acaudalados que transitaban de bar en bar, entre Chicote, el Ritz, el Hilton, el Cock o Del Diego. Chicote era toda una institución para los noctámbulos y los famosos de dentro y de fuera. Y también para la cultura del estraperlo, pues se cuenta que en Chicote uno podía encontrar penicilina con más facilidad que en cualquier farmacia de la capital. Entre mercancías del mercado negro, no deja de resultar fascinante que otra mercancía de alta calidad, ésta viviente para su propia desgracia, se bebiera la noche día tras día.

Ava Gardner en una fiesta flamenca privada. © Paco Cano, "Canito"

Ava luchó contra varias cosas a lo largo de su vida, y por desgracia la mayoría de ellas estaban fatalmente vinculadas. Jamás quiso verse como la cara bonita de unos estudios que, a voluntad, le obligaban a realizar papeles insustanciales pese a su talento dramático y vocal –el director George Cukor dobló sus canciones en Showboat aunque Ava se había esforzado con éxito a cantarlas ella misma–. En esto, lamentablemente fracasó, y viendo el documental de Lacuesta, fantaseaba yo con la posibilidad de que ella hubiera desarrollado su carrera varias décadas más tarde y los mejores papeles que podría haber encarnado en producciones más recientes.

La segunda cosa por la que luchó sí que fue premiada con una amarga victoria. Ava quiso ser libre y por ello se instaló en una España insólita para vivir como una mujer independiente, sin la presión de los paparazzi, liberada en su sexualidad y devota de unos ritos dionisiacos libados con nombres de cócteles sabrosos. Supongo que ningún varón heterosexual rechazó las propuestas de Ava para convertirse en acólito de sus rituales eróticos, y lejos de denunciar la conducta “libertina” bajo los parámetros españoles de la época, denotan el poder autoconsciente de una mujer en un mundo que a partir de los sesenta comenzaría a cambiar a pasos agigantados.

Porque Ava fue, para bien o para mal, una esclava de su belleza. Y esa condena que otros mortales habrían querido para ellos –¡la belleza!–, ella se encargó de destruirla poco a poco empleando para ello suculentos brebajes a base de ginebra, ron y vodka. Tan solo hay un caso gemelo, curiosamente masculino, en el ámbito de Hollywood contemporáneo al de Ava. No es otro que Marlon Brando, otro animal sexualizado –literal y metafóricamente– en papeles volcánicos como el Kowalski de A Streetcar Named Desire. Contemplar su devastación física desde los años sesenta es tan demoledor como asistir a la consentida autodestrucción de su carrera: de los cientos de guiones que le llegaban a su agente, él siempre apostaba por los peores para demostrar al resto del mundo lo buen actor que podía llegar a ser. Y, aunque eso no deje de ser cierto —¿qué sería de filmes como Desirée (1954) o Mutiny on the Bounty (1962) sin su presencia?—, por fortuna tuvo a bien demostrar un mínimo interés por trabajar, pero unas cantidades inimaginables de talento, en otros como The Godfather, Apocalypse Now o Last Tango in Paris.

Volviendo a Ava Gardner, les propongo que comparen estas dos fotografías de la actriz. La primera corresponde a su papel en el musical Showboat; la segunda, es un fotograma de la versión cinematográfica de la novela de Hemingway The Sun Also Rises (Fiesta).

© 1951, MGM

© 1957, Darryl F. Zanuck

En la primera de estas fotos, Ava tenía 29 años; en la segunda, 35. Es escalofriante comprobar cómo, pese a la rabiosa fotogenia, su camino destructivo hacia la libertad se ha cebado en los párpados superiores, en los pómulos, en el mentón y en el tamaño de los ojos, obnubilados tras la mirada vaporosa del alcohol. En la edad en que otras mujeres están en su plenitud física, ella ya se encarrila conscientemente hacia una vejez anticipada. Ese fue el precio a su decisión en un mundo dirigido por hombres, aún no cuestionados por los primeros pasos de la liberación femenina.

Mientras pienso en todo esto, recuerdo que en algunas de sus películas Ava salía a la vida de celuloide desde la frialdad de una estatua –One Touch of Venus, de 1948–, o volvía a la quietud del mármol o del bronce desde la fatalidad de una muerte provocada por su libertad de decisión amorosa –The Barefoot Contessa, de 1954–. Es como si la belleza contundente de Ava tuviera que ser estática para apreciarse en su esencia mítica: como la congelación de un fotograma en las fotografías publicitarias. Pero no nos equivoquemos, pues a lo largo de su vida se esforzó por trascender esa belleza eterna, inofensiva para los hombres, en otra que hizo del “aquí y ahora” el lema genuino de su existencia.

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Un Comentario

  1. aquí y ahora, Ava Gardner, totalmente de acuerdo.

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