Bompas & Parr: una arquitectura comestible

Que la arquitectura sea un arte multidisciplinar nadie lo duda a estas alturas. Lo que resulta menos habitual es que se asocie a la cocina, y no porque el diseño de ciertos platos en restaurantes de lujo requiera conocimientos estructurales. Pero esto ya ha sido felizmente resuelto por una pareja de jóvenes creativos ingleses, Bompas & Parr. Bajo el nombre Jellymongers, ambos decidieron combinar sus conocimientos en arquitectura con los de gastronomía para revolucionar uno de los postres más tradicionales de Gran Bretaña: las gelatinas.

Recuerden las veces en que se han comido una: su forma suele ser la troncocónica de un vaso o aquella con ribetes cóncavo-convexos habituales en un flan. Eso no quiere decir que la aristocracia y la realeza decimonónicas no disfrutaran de delirantes moldes para sus gelatinas, pero en el caso de Bombas & Parr se ha convertido en imagen de marca. Gracias al uso del 3D CAD, diseñan sus propios moldes a partir de maquetas arquitectónicas de edificios famosos, o les piden colaboración a arquitectos célebres –como Norman Foster–. Con ello han transformado la dureza del cemento y del hormigón en la textura trémula de la gelatina y, de paso, se han hecho un hueco en el panorama artístico del Reino Unido, hasta el punto de que el diario The Independent aseguraba que serán “uno de los quince grupos que configurarán el panorama artístico de Gran Bretaña en los próximos años”. El vídeo siguiente nos da una idea, al menos, de la ingeniosa combinación de humor, cocina y arte de la que hacen gala estos enfants terribles de la escena británica.

© 2011, Gestalten TV

Quizá la afirmación de que serán un referente artístico pueda parecer grandilocuente si tenemos en cuenta los mimbres que componen su producción. Sin embargo, se puede dar una vuelta de tuerca a este planteamiento si advertimos que ambos han logrado actualizar con ironía y humor aquello que Salvador Dalí vislumbró en su admiración escandalosa hacia la arquitectura Art Nouveau: a su juicio, era la mejor representación de una construcción basada en “la belleza terrorífica y comestible”. Sus formas vegetales dinámicas, el color blanco de alguna de sus fachadas, debían recordarle a los aparatosos bizcochos tan adorados por la burguesía de gusto más rancio, de manera que con ello pretendía epatar a los popes de la arquitectura moderna y su obsesión por la funcionalidad en detrimento de la decoración. Esto se comprueba en las deliciosas fotografías de Man Ray y Brassaï, realizadas sin duda bajo la atenta dirección visual de Dalí.

© Brassai: Mange moi! (¡Cómeme!), 1933. Imagen incluida en el artículo de Dalí.

El problema de estos dos chicos es que pueden disparar nuestro mecanismo paranoico-crítico hasta límites insospechados. Porque, a partir de ahora, me resultará más fácil ver los célebres jarrones que el arquitecto finlandés Alvar Aalto diseñó en los años treinta como moldes para gelatina que como límpido adorno para una mesa.

© Alvar Aalto: Jarrón Savoy, hacia 1937.

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