Los paraísos perdidos

Deja de llorar por los paraísos perdidos. / Nunca los perdimos, porque nunca los tuvimos. / Solamente están en tu cabeza. (Iván Ferreiro, “Paraísos perdidos”, 2010)

Hace casi veinte años, los anhelos de gran parte de la clase trabajadora española se resumían en una sola pregunta: “¿Dónde está Curro?”. Este era el eslogan de la agencia Halcón Viajes, y su spot publicitario se desarrollaba en dos breves secuencias: la primera, en una tenebrosa sala llena de oficinistas indignados al enterarse de que su colega se había marchado de vacaciones y la segunda, con un Curro retratado como español cuarentón medio, emergiendo de las aguas marinas con una carcajada tras haber disfrutado del snorkeling. Al fondo, las palmeras, las aguas cristalinas y el contorno de una isla se materializaban como imagen prototípica del Caribe paradisiaco. Huelga decirles que todos los que habitábamos en la orilla europea del océano soñábamos con convertirnos en Curro algún día.

La felicidad está en el Caribe. © 1991, Tapsa/Halcón Viajes

Ya sabemos que el concepto rector de este anuncio no es, desde luego, innovador. Existe toda una tradición literaria, aparte de la Utopía de Tomás Moro, como las crónicas españolas y portuguesas, a las que deben añadirse las narraciones de los exploradores europeos durante el siglo XVIII. Al leerlas, nos da la sensación de que con una mano describían lo que veían con complacencia mientras que con la otra lo destruían activamente a golpe de prejuicios económicos, sociales, políticos y religiosos. Quizá el artista Paul Gauguin representa el epílogo amargo de toda esta tendencia; fascinado por la fuerza de la cultura y el arte primitivos, justo en el momento de máxima expansión del imperialismo colonial, realizó un primer viaje a Martinica en 1888. Y éste fue el prólogo para su definitivo asentamiento en las islas de Polinesia hasta su muerte en 1903. Pensaba el bueno de Gauguin que se encontraría a los tahitianos desnudos, como buenos salvajes, disfrutando de las aguas del Índico y tostando sus cuerpos al sol. Y así nos lo hace creer al observar varias de sus obras oceánicas, pero la realidad era que los misioneros cristianos habían ocultado la desnudez de la mayoría de los tahitianos y tahitianas con sayones de color lila, transmutando así la naturaleza benigna del estar desnudo en la pervertida del estar desvestido.

Los deseos de Gauguin por establecerse en Tahití no resultan muy distintos de quienes, a estas alturas, se plantean trasladarse a vivir al Caribe a partir de las imágenes vomitadas por los medios de masas. Porque, lo queramos o no, el Caribe sigue anclado en el inconsciente colectivo con más fuerza que el milenario Paraíso cristiano. Este planteamiento resulta completamente lógico por nuestra naturaleza abocada al placer de los sentidos: cualquiera preferiría pasar toda la eternidad tumbado bajo una palmera que estarlo sobre una nube de algodón, y mejor hacerlo rodeado de seres humanos de una belleza exótica en lugar de ángeles asexuados de rizos rubios tañendo indolentes sus liras. Añadiendo, a todo esto, el hecho de que uno puede hacerlo aunque siga sufriendo en este valle de lágrimas.

Lo lamentable de todo este constructo es la paradoja a la que finalmente ha dado lugar, ya que el ideal edénico ha sido domeñado durante siglos mientras los extranjeros seguíamos pensando que podríamos instalarnos algún día en una de las orillas del Paraíso; eso sí, sin abandonar nuestra comodidad de alta tecnología. Y lo peor de todo es que aquella contradicción ha llegado a convertir la verdad en un simulacro deudor de la categorización de Baudrillard, transformándola en réplica despojada de su original mediante mecanismos perversos, en mercancía con etiquetas que en un doble sentido nos anuncian, por ejemplo, que “Puerto Rico does it better”. Las compañías de turismo locales y los poderes fácticos reales –multinacionales de la industria del transporte y del ocio– han transformado la singularidad de las islas del archipiélago caribeño en un cliché que puede ser trasladado sin variantes a cada una de ellas –excepción hecha de Haití, perdida en una deriva literal y tectónica–. Islas como Puerto Rico acogen a miles de turistas vomitados por los cruceros, que en pocos días verán transformar la tonalidad lechosa de su piel en un color rojo-brillante-juey-hervido. Las voluptuosas Venus sobre zapatos de plataforma y los Apolos de piel de aceituna –como el verso de García Lorca– serán sus asistentes en el reino de Morfeo. Y con ello vivirán su particular viaje al paraíso sin ser conscientes de que sus márgenes son cada vez más exiguos. En otras palabras: sin reconocer el expolio del patrimonio natural por parte de los gobiernos actuales y pasados, o las turbias recalificaciones de los suelos que amenazan con cubrir todo el territorio de urbanizaciones, centros comerciales y aparcamientos.

Tengo la convicción de que lo más fabuloso del ser humano no es la generosidad ni la entrega, como se ha proclamado tantas veces, sino su capacidad para marchitar y destruir la belleza o la nobleza. Quizá sea ésta la actividad a la que lleva dedicándose más tiempo con los mejores resultados. Que yo sepa, ningún pensador ni poeta mínimamente juiciosos han alabado el ingenio, la productividad y las energías infinitas que la humanidad invierte en destruir todo lo que hay de noble, de bello, en la naturaleza o en el resto de sus congéneres. Y para muestra, un botón: ahora que queda poco tiempo para que una enorme arteria, trazada de norte a sur, acabe por adulterar el corazón verde de una de estas islas en nombre del progreso –¿y del ahorro?–, es el momento idóneo para ponderar en su justa medida la mente preclara de unos gobiernos que, sean del signo que sean, suelen apostar por la economía financiera global en lugar de la economía productiva local. Si estos gobiernos prosiguen su tarea con el mismo ahínco y dedicación, en menos de dos décadas nos habremos quitado de en medio los últimos reductos de naturaleza virgen. 

Con esto que te cuento no deseo aguarte la fiesta, mi querido lector, por más que te asegure que esta vez el ave fénix no resurgirá de sus cenizas. Así que deja de llorar por los paraísos perdidos. Nunca los perdimos, porque nunca los tuvimos. Solamente están en tu cabeza.

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