Ventanas

Hubo un tiempo en que todo cuadro era en sí mismo una ventana. Allá por el siglo XV uno de los principales teóricos del arte, el renacentista Leon Battista Alberti, estableció que la pintura esencialmente debía ser como una ventana abierta sobre el mundo. Y así fue durante quinientos años para los espectadores que se asomaban tras estos falsos cristales con admiración, curiosidad, sorpresa o devoción. Ellos miraban a unos personajes que se mostraban frente a ellos –y muchas veces los contemplaban a su vez– como actores en mitad de una representación, destruida la cuarta pared para disfrute del público. La frontalidad de los sucesos y la legibilidad de las acciones dejaban claro el tono exhibicionista de la pintura desde la feliz definición de Alberti.

Murillo: Mujeres en la ventana, h. 1655-1660. © National Gallery of Art, Washington DC.

Mas las cosas comenzaron a cambiar con el inicio de la edad contemporánea. Con el Romanticismo, muchos personajes comienzan a darnos la espalda, negándonos con ello la posibilidad de mostrarnos su alma a través de su otra ventana, la de la cara. No se podía intuir la tristeza, la sorpresa, la emoción o el terror más que por los gestos corporales o la sensación que producían en el espectador los escenarios ante los cuales nos mostraban sus espaldas. Reconocemos el vértigo seductor –sin verlo– en una cabellera que ondea desordenada por el viento de una cima montañosa, o la ilusión en el dedo índice que apunta a la luna llena. 

Caspar David Friedrich: Mujer en la ventana, 1822. © Alte Nationalgalerie, Berlín.

Lo más difícil tiene lugar cuando esos personajes se enfrentan, desde el interior decorosamente burgués, a las ventanas. En principio porque el enigma del rostro, en lugar de ser descifrado gracias al escenario, se camufla doblemente en una vista hacia el exterior que en parte nos es negada. El excelente cuadro de Caspar David Friedrich, Mujer frente a la ventana, es significativo en ese sentido: desconocemos la expresión facial y la propia vista que se le ofrece a ella, de manera que la metáfora de la pintura como ventana se contradice a sí misma. Pero, por el contrario, nos abre la posibilidad de un enigma. Por eso quizá este cuadro debió inquietar a un Dalí protosurrealista y al mismo André Breton y sus secuaces de la vanguardia surrealista: aquello que era negado a los ojos despertaba intensamente a los ensueños de la imaginación. De manera que, cuando los surrealistas se lanzaron a la producción de otras ventanas, estas debían ofrecen una visión interior, habitadas por la pulsión del deseo, de la angustia o de la muerte.

El sedentarismo propio de la vida urbana parece ser propicio para la necesidad de realizar viajes imaginarios con las ventanas. Las pantallas del cine, primero, y de la televisión, después, ofrecían esas vistas ensoñadoras a una clase trabajadora que no podía disfrutar de ella en las ventanas de sus exiguas habitaciones. Allí tan solo podían observar los conglomerados de edificios hiperpoblados y a sus vecinos viviendo su destino entre miseria y mugre. Y quizá también por eso no deja de ser curioso que uno de los principales entornos infográficos lleve, para burla u homenaje insospechado al bueno de Alberti, el sugestivo nombre de Windows™ (ventanas en inglés). 

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Un Comentario

  1. Anayra

    Rafa,

    Bellísimo! Ver, más allá de lo que se nos ofrece “cándidamente” a la vista, se nos ha vuelto el problema moral de fin de siglo.

    Prefiero que a la caridad la acompañe la justicia, pero recuerdo una anécdota que contaba Teresa de Calcutta. Decía que a los 37 años abandonó el colegio de niñas bien en el que trabaja porque no soportó más no hacer algo por el espectáculo que veía cada día por su ventana.

    Abrazos,

    A-

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