Nostalgia en el carrusel de Mad Men

Algunas de las series más brillantes de la televisión estadounidense logran que, afortunadamente, este medio de comunicación se instale en los dominios del arte para alejarse del tradicional apelativo de “la caja tonta”. Una de ellas, Mad Men (cuatro temporadas, AMC), es significativa a ese respecto porque deconstruye el imaginario feliz de los primeros años sesenta, presentando como producto final su envés menos complaciente. Algunos críticos han afirmado que el grueso de la audiencia más fiel de esta serie son los nacidos en la década de los sesenta o quienes pasaron en ella la mayor parte de su infancia y juventud. No estoy completamente de acuerdo con esa afirmación, especialmente porque los sesenta nos resultan familiares al formar parte de la mitomanía visual y literaria gracias a las convulsiones políticas, sociales, artísticas y culturales que jalonaron su existencia. Evidentemente, es muy probable que los jóvenes de nuestra época no se sientan especialmente inclinados a seguirla, pero cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y capacidad de reconocimiento entre los veintipico y los treinta años podrá visitar con regocijo cada episodio sin sentirse ajeno.

Mad Men. © 2007, AMC/Liongate.

Hay una secuencia extraordinaria en la serie (capítulo 13, primera temporada), que condensa muy bien la inteligencia y el calado poético de un producto que, sin apartarse del mainstream, es capaz de ofrecernos una sensibilidad autoral de primer orden. La serie se centra en la vida personal y profesional de algunos integrantes de una empresa publicitaria en la neoyorquina Madison Avenue, justo en el momento del boom de los medios de masas y de una publicidad que el Pop Art supo rentabilizar y deslizar hacia las galerías y los museos. Pero vuelvo al instante que quería presentarles: el protagonista, Don Draper (John Hamm), está diseñando la campaña pubicitaria de un nuevo invento de la empresa fotográfica Kodak: una “rueda” que permite la proyección ininterrumpida de diapositivas frente a los carritos rectos tradicionales. Draper, fiel reflejo de una masculinidad en crisis tras la guerra mundial y la de Corea, se enfrenta a una conmoción en su vida doméstica. En los avatares de un cuestionamiento absolutamente irresoluble, se cruza la necesidad de trabajar en el proyecto de Kodak. Y es en ese marco personal donde cobra sentido el invento circular. Una forma que en sus idas y venidas ininterrumpidas nos conduce “al lugar donde nos duele regresar”, sinónimo de una nostalgia identificada con un carrusel que nos lleva adelante y atrás, haciéndonos recobrar con dolor la felicidad perdida.

Para verlo en castellano, pulse aquí.

Pero la nostalgia no solo remite a la felicidad, sino también a la memoria. Recordar lo vivido o retenerlo en imágenes o en objetos es una manera –masoquista, a veces– de atarnos al cordón umbilical de nuestro pasado; aunque es también el salvavidas que nos testimonia que hemos ocupado un lugar en el mundo. Me gusta pensar que esa es la razón del fragmento que han visto arriba y la causa fundamental de uno de los textos más icónicos de Roland Barthes, La chambre claire. En el fondo, no es tanto un libro sobre la fotografía como un texto sobre la memoria como conjuro de la muerte; es decir, un escrito sobre la nostalgia. Cuando, en la mitad del metraje de Blade Runner (1982), la replicante Rachael intenta persuadir de su humanidad al agente Deckard, le muestra con mano temblorosa una fotografía de sí misma durante su infancia, rodeada con ternura por los brazos y las piernas de su madre. Es la única forma –de ella y del resto de los Nexus 6–, de convencerse de una condición negada por la genética. Un vestigio de nulo pasado –de cruel y gratuita nostalgia– que se convierte en simulacro de memoria por la simple afirmación de su existencia como imagen. Frente a esa nostalgia implantada, la real de los recuerdos que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia:

© 1982, Warner Bros/The Ladd Company.

La nostalgia puede llegar a ser cruel porque impide mirar hacia delante; nos obliga a su reconocimiento debido a nuestra necesidad de pertenencia. Y quizá la única solución pase por regresar a aquello que la origina, algo que descubrió el responsable de su acuñación, Johannes Hofer, al comprobar que un par de personas enfermas recuperaban su mejoría cuando regresaban a su hogar –en inglés, una de las acepciones más conocidas de nostalgia es justamente homesickness–. En las ocasiones en que resulta imposible el retorno, la solución más precaria es la de replicar algunos detalles de su esencia: la inicial segregación que origina los barrios de inmigrantes redime su funesta razón de ser tras conjurar la nostalgia por la vía de la patria chica (Chinatown, Little Italy).

Lo peor es que, en incontables situaciones, la herida del tiempo imposibilita ese retorno. Nos aferramos a las imágenes, los aromas o los sonidos de personas y lugares que han dejado de existir o que nos torturan desde una memoria irrecuperable. Recuerdo a una amiga que, derrumbada por la ruptura con su pareja, reconocía con dolor detalles demasiado banales pero certeros para la manifestación de la nostalgia: reconocer que nunca más despertaría con el aroma del café que la persona amada preparaba en la cocina, que jamás escucharía el silbido de su canción favorita de turno, que no le vería vestirse o peinarse según el paso de las modas, se había convertido en la peor de sus pesadillas. Muy probablemente la propia nostalgia sabiamente dosificada habrá cicatrizado aquellas heridas con el discurrir del tiempo. Entonces habrá comprendido que, si hay algo malo en vivir, la culpa no es del recuerdo sino del olvido.

© 1984, Virgin Records.

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  1. Angelia Mar Rivera Barreto

    Qué curioso: buscando una cita encuentro otras que la memoria había plasmado pero no marcado. Casualmente ayer comencé a ver el episodio de Mad Men que colocó en esta noticia. Aunque no he llegado a la parte especifica que usted nos trae, tengo que citar a un artista ubetense que en su canción Peces de Ciudad dice “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. Sea ya por la magia o la trampa del recuerdo, sea por las incesantes imágenes que nos hacen vivir o volar bajo, jamás será lo que fue. Solo el intento, solo la idea.

  2. daniela

    Esa escena de Don Draper cuando describe el carrusel es de mis favoritas, me gusta mucho Mad Men 6 expone diferentes situaciones y temáticas que a pesar de la epoca siguen sucediendo en estos tiempos. Me encantan.

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