Las guitarras de Picasso tienen muy mala uva

Leo de nuevo el artículo que el escritor Antonio Muñoz Molina dedicó a la exposición sobre las guitarras de Picasso en el MoMA de Nueva York y no puedo estar más de acuerdo. Algo que verdaderamente me inquieta, pues por lo general no suelo estar tan de acuerdo ni disfruto tanto de sus textos sobre arte como de sus novelas: todavía recuerdo su ataque a la exposición antológica de Joseph Beuys en el Centro de Arte Reina Sofía y su posterior defensa de las cualidades realistas de Lucien Freud en la muestra celebrada paralelamente en el mismo museo. Su opinión es tan válida como otra cualquiera, pero resultó proverbial como uno de los arietes que apuntaló el descrédito hacia algunas poses de la vanguardia –que las tuvo, no lo podemos negar– y el auge de un conservadurismo creciente en el mundo de la opinión artística y de ciertas instituciones sobre arte. Y si bien el arte de las vanguardias tuvo sus excesos como el arte de cualquier otra época, lo cierto es que aquella actitud establecía una injusta tabula rasa con su actitud militante en relación con su lucha contra lo establecido y una novedad que superaba lo plástico –en definitiva, el origen militar de la palabra no sirve para denotar otra cosa–.

Picasso: Guitarra, 1912. © MoMA, Nueva York.

Volviendo al texto sobre Beuys, y sin olvidarme del dedicado a Picasso, Muñoz Molina parafraseaba al filósofo José Antonio Marina al señalar que “el lavabo [sic] de Marcel Duchamp, como la lata de sopa de Andy Warhol, fue una broma ingeniosa, pero a estas alturas del siglo ya va perdiendo gracia”. Me alegra comprobar que las Guitarras de Picasso le siguen haciendo la misma gracia al escritor –desconozco si también a Marina– que al genial y diabólico malagueño cuando comenzó a pergeñarlas en 1912, celebrando “el descarado humorismo que está en el origen del arte moderno, la gran broma en serio de Picasso”. O quizá no se trate de que le haga gracia sino de que, en el fondo, el humor es una cosa muy seria… como se dice tradicionalmente.

Pero, como suele ser habitual en sus textos, la maestría en el uso del estilo apabulla un contenido caracterizado por la tibieza. El humor existe en Picasso, y en el arte contemporáneo, así como en el urinario y la lata de sopa que tan poca gracia parece hacerle. Deberíamos reírnos más cuando visitamos una muestra de arte moderno, y coincido con él que la solemnidad del museo enmascara con seriedad lo que de otro modo sería más lúdico. Con todo, ahí no se detiene el gesto de Picasso, ni el de Duchamp en su estilo, ni el de Warhol en el suyo. Porque la guitarra, el bote de sopa que se puede observar una planta más abajo y la rueda de bicicleta sobre un taburete que nos espera un par de pisos antes, son certeras armas arrojadizas lanzadas hacia un mundo artístico demasiado complaciente y hacia un gusto anclado en lo que ayer era moderno y hoy ya se ha convertido en canon. Picasso arremete contra la escultura desde el acto lúdico de ensamblar unos cartones -inventando, de paso, la técnica del assemblage-, y quizá por eso mismo al poco tiempo comprende la gesta realizada y decide completar una réplica en metal ante el peligro de desaparición de los cartones y cuerdas pegados con precariedad. Lo que desconocía por entonces es que ese original sería conservado como la más valiosa de las reliquias. Un año después, Duchamp empotra una rueda de bicicleta en el asiento de un taburete de delineante y lo exhibe en el espacio sacrosanto de la galería de arte, sin advertir que años después esa bofetada sería convertida también en obra de arte –lo mismo que su urinario vuelto del revés–. Warhol nos enfrenta al espejo de nuestro consumismo compulsivo, a la adoración fetichista por la mercancía y al mito de la ejecución artística como señal máxima de la creación, y lo hace desde la cortina de humo de las declaraciones balbuceadas con monosílabos –”Yes… No…”–.

Así pues, el humor debería derivarse claramente hacia el terreno de la mala uva [RAE: mala intención], una expresión muy española y que Picasso no solo conocía sino que ponía en práctica siempre que le venía en gana. En el nombre de una mala uva disfrazada de humor había convertido a su compañera Fernande Olivier en prostituta justo en el centro de Les demoiselles d’Avignon (1907), parodiado a Ingres mientras lo parafraseaba en cuadros como el de su esposa Olga Koklova en un sillón (1917), transformado la discreción del deseo entre Rafael y la Fornarina en porno blando en varios de sus grabados de la última época, etcétera, etcétera.

Y ya que hablamos de guitarras, la exposición del MoMA ignora la recurrencia del motivo en la producción de Picasso después de 1914. Pues no dejó de aparecer en sus pinturas de naturalezas muertas durante los años veinte; pero es quizá en las guitarras de 1926 donde mejor se manifiesta esta mala uva picassiana que convierte la broma en toda una de(con)strucción del fenómeno artístico. Durante ese año, el malagueño realizó una serie de collages que, inspirados en el instrumento musical, combinaban la pintura con objetos extraídos del entorno cotidiano. Como uno de los primeros artífices de los Almacenes Conte y con una avidez similar a la del síndrome de Diógenes, el bueno de Picasso se guardó en el taller un par de retales que tenía en mente utilizar para esas composiciones: el faldón de una camisa vieja, y la bayeta que Olga empleaba en la cocina –suponiendo que ella misma realizara alguna faena doméstica pese a sus tics aristocráticos de rusa blanca–. No se contentó con adherirlos con pegamento sobre la superficie pictórica, sino que uno y otra fueron afianzados con clavos y tachuelas en una práctica más próxima a la simbiosois entre el arte y la magia negra de las culturas mal llamadas primitivas que a la práctica artística occidental. En esa época el artista comenzaba a estar harto de su vida acomodada junto a Olga en la rive droite parisiense, de su rechazo a la vida de bohemia, de las ataduras y convencionalismos propios de un padre de familia. La primera negación fueron esos clavos, cuyo carácter destructivo hubiera querido subrayar –según confesó después a Roland Penrose– colocando cuchillas escondidas en los bastidores. Díganme si no es ésa una muestra radical de malísima uva.

Picasso: Guitarra, 1926. © Musée Picasso, París.

Entradas relacionadas: De lo moderno como impostura.

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Un Comentario

  1. canny

    Oye Rafa este post tuyo me ha dado unas enormes ganas de arrancar a recorrer pasillos de verdaderos museos en la gran manzana. Por que no te inventas un viaje de estudios hacia la Babel de Hierro en el que podamos acompañarte profesores y estudiantes? Yo me apunto…

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