Destellos en la noche

Todos sentimos una fascinación inenarrable por el fuego de la chimenea: el movimiento interminable al que se entregan las llamas se nos antoja como una coreografía caprichosa a lomos de la brisa. Y, lo que es más importante, nos relaja y nos hace olvidar los problemas cotidianos. Supongo que esa era una de las principales ocupaciones de los primeros seres humanos mientras se protegían del frío, en una forma de convivencia donde el lenguaje aún no había sido inventado.

Estos días no dejo de asomarme a las pantallas de internet y de la televisión para enterarme de las últimas noticias sobre el desesperado destino de Libia. De nuevo, el horror de la guerra en directo; de nuevo, el efecto anestesiante de los mass-media ante el ocultamiento de lo más crudo de la guerra.

Fuego aéreo en Libia. © 2011, Europa Press.

Mi primera imagen de esa sensación, fue, si la memoria no me traiciona, en la primera guerra del Golfo, a principios de 1991. El castigo a la invasión de Kuwait –y de sus pozos petrolíferos– por las tropas iraquíes de Sadam Hussein se saldaba con narraciones visuales que solo ofrecían imágenes nocturnas, captadas con las tonalidades verdes de los rayos infrarrojos. De entre todas esas imágenes, evoco con un escalofrío los destellos de los misiles en la noche sobre el cielo de Oriente Medio. Las ráfagas espontáneas y las estelas fugaces. Debo confesar que, vaciadas de contenido, aquellas imágenes incluso corrían el peligro de parecer bellas. Lo cual me resultaba aún más aterrador y, como resultado de ello, ese estado reconcomía mi conciencia, de modo que me reconfortaba pensando en el horror de aquellas luces indefensas que escupían muerte.

Si ese debate moral, resuelto favorablemente para el sentido común, puede darse en estos años, imaginen la capacidad sugestiva de la muerte tecnológica allá por los inicios del siglo XX. Fue en ese momento cuando estalló una de las masacres más horrendas de la humanidad, la Primera Guerra Mundial, un matadero continuamente insatisfecho que se llevó consigo las vidas de millones de hombres y mujeres. Pero algunos artistas, abandonados a la visión sin sentido del conflicto, se recrean en la belleza maldita de los ataques en las trincheras y en los combates aéreos nocturnos: toda una novedad en la logística bélica. Uno de ellos fue el expresionista, vinculado al grupo Der Blaue Reiter, Franz Marc. Absorto ante los desastres asociados a la guerra, pinta una serie de cuadros en los que elogia el movimiento de los soldados y las explosiones, como en su famosa Formas en lucha (1914). No sabía que la guerra iba a segarle la vida con su habitual ímpetu azaroso. Lo mismo que a algunos futuristas pendencieros como Umberto Boccioni o Antonio Sant’Elia.

Franz Marc: Formas en lucha (1914). © Staatgalerie Moderner, Munich.

En poesía, el adalid de la vanguardia Guillaume Apollinaire contemplaba extasiado los obuses: “Qué hermosos esos cohetes que iluminan la noche. / Trepan sobre su propia cumbre y se inclinan para mirar”. Uno de ellos, lanzado muy próximo a la trinchera donde leía Le mercure de France, le incrustó un trozo de metralla en el casco y lo traspasó hasta perforarle el cráneo. Con ello se acabó la exaltación guerrera; el socarrón poeta de la modernidad se convirtió en un personaje taciturno, con una placa de metal cubriendo la trepanación que hubieron de efectuarle. La guerra ya no tenía ninguna gracia: tan poca como la Ciudad apocalíptica de Ludwig Meidner, cuya fecha resulta sobrecogedoramente profética.

Ludwig Meidner: Ciudad apocalíptica, 1913. © Westfälisches Landesmuseum, Münster

Por eso me inquieta aún más el festival de luz y color al que nos tienen habituadoslos medios de comunicación desde hace varios años. La imagen presuntamente informativa se asemeja demasiado a la apariencia de los videojuegos y, por tanto, el espectador asiste a ella como un ente desapasionado, que siempre tiene el poder de apretar el botón y cambiar de canal si la escena le aburre o le incita a preguntarse el porqué en algún resquicio de su cerebro. Más de uno se quedará quieto, con los ojos bien abiertos, observando el espectáculo macabro de una muerte sin cadáveres. Tan solo queda la noche, unos destellos coloristas surcando los cielos y una explosión que ciega la oscuridad: ahí es donde acaba la vida, pero en unos segundos volverán las tinieblas para ocultar a los muertos. Entre un fogonazo y otro, nada les arrancará de su comodidad cotidiana. Pasen y vean.

Anuncios

  1. Saludos:
    Recuerdo que lo mismo me ocurrió con unas imágenes del Cairo en Egipto. El espectáculo de fuego en la noche hipnotiza a cualquiera. Por eso es importante encontrar la esencia temática de las cosas.

  2. Me recuerda a un verso del himno de Estados Unidos: “And the rocket’s red glare, the bombs bursting in air…” Creo que la única vez que he estado vislumbrada por estas imágenes fue cuando EE.UU. comenzó sus ataques en Afganistán

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: