The King’s Speech: George meets Eliza

No voy a extenderme sobre el triunfo de The King’s Speech en los últimos premios de la Academia contra películas menos convencionales –y mucho más negativas en la presentación de sus personajes– como Black Swan o The Social Network. Todo ello salpimentado, tal como dominan los cineastas británicos, con unas espléndidas actuaciones y con el sentimentalismo justo, las dosis de humor exactas y la lágrima derramada en el instante preciso. En los últimos días se ha repetido la opinión de que ha prevalecido el conservadurismo sobre las otras propuestas más arriesgadas. Con ello suele olvidarse que, al final, la Academia está sustentada sobre la industria y que ésta hunde sus raíces –como un vetusto drago canario– sobre el inmovilismo más recalcitrante. Spielberg mismo fue quien recordó que filmes como Citizen Kane (1941) –y podríamos añadir directores como Alfred Hitchcock– , no se llevaron el premio; y, pese a todo, su recuerdo perdura sobre How Green Was My Valley!, un melodrama notable sobre unos mineros galeses que se llevó el premio gordo en 1941  y oculta en realidad un canto tradicional a la familia.

Así pues, aparte del divertimento incorporado a ella, no hay más que decir sobre los premios de la Academia. Sí que me resulta interesante, sin embargo, el mensaje altamente conservador del filme, máxime en tiempos críticos como los que estamos viviendo. Podríamos pensar que dedicar una historia a un estadista que lucha contra su tartamudez y, con ello, se convierte en la voz de su pueblo en los inicios de la Segunda Guerra Mundial resulta acertado, y más aún si pensamos en la nula visibilidad y escasa capacidad retórica de los principales líderes internacionales con los que nos toca convivir. Pero que esto no nos sirva para equivocarnos, ya que ahí reside, quizá, el mensaje más inmovilista de todos: albergar la exclusividad del líder como motor de un cambio social o de la resistencia a la barbarie –capitalizada en este caso por el rey Jorge VI– es una visión de rancio sabor historiográfico, más anclado en la metodología histórica del siglo XIX que en los albores del XXI. La entrega de todo el protagonismo a la individualidad del gobernante supone, pues, la anulación efectiva del poder de la colectividad social para materializar los ideales de toda una nación y de la propia democracia. Desgraciadamente -y eso no lo dijo el rey, sino Winston Churchill- fue necesaria la sangre, el sudor y las lágrimas de millones de súbditos para hacer realidad las palabras de quien les hablaba.

En el fondo, y para valorarla en su justa medida, es más idóneo considerar The King’s Speech como una puesta al día del delicioso musical My Fair Lady (1964), que igualmente obtuvo el premio a la mejor película y adaptación a su vez de la obra teatral de George Bernard Shaw Pigmalión. En esta película, Eliza Doolittle (Audrey Hepburn), una florista que vende su mercancía en el Covent Garden durante el reinado de Eduardo V, ve cómo cambia su vida de un día para otro en el momento que un erudito lingüista y logopeda, el Profesor Henry Higgins (Rex Harrison), se hace cargo de ella para convertirla en una elegante dama cultivada, ganando de paso la apuesta que ha hecho con su amigo y colega filólogo, el Coronel Hugh Pickering. ¿Les suena? Con solo transmutar el estilismo eduardiano por la sofisticación deco y, sobre todo, cambiar a Eliza por George (Colin Firth) y a Henry Higgins por Lionel Logue (Geoffrey Rush) –las dos H sustituidas por dos L–, verán que se ha obrado el milagro. Por fortuna, y al contrario que Higgins con Eliza, Logue no le obliga al rey a introducirse piedrecitas en la boca, como hacia el griego Demóstenes, para mejorar su dicción: eso ya lo ha hecho otro terapeuta al inicio del filme.

Sobre el papel, incluso podríamos sentirnos tentados a establecer un paralelismo entre el estereotipo del self-made man empleado por Frank Capra en el Hollywood dorado y la película ganadora. Si bien esto último no es más que un espejismo: no podemos olvidar que el individuo hecho a sí mismo alcanza la estratosfera desde las oscuras profundidades del arroyo social o moral, algo que David Fincher sí ha sabido plasmar de forma inteligente en The Social Network. Al menos Eliza Doolittle abandona las tinieblas de la pobreza, por más que lo haga aupada por su Pigmalión masculino; el rey Jorge ya era un ser cultivado, elegante y adinerado desde el mismo momento de su nacimiento. Otra nota más de inmovilismo.

© 2010, The Weinstein Company.

© 1964, Warner Bros.


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Un Comentario

  1. Todo eso sin la Lluvia en España y otras tonadillas cursis. Excelente! No he visto el filme, pero eso de echarle piedras en la boca a un monarca en la boca, no es cáscara de coco.

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