Coppola, retina de Buenos Aires

Corrientes tres cuatro ocho, segundo piso ascensor. / No hay porteros ni vecinos. / Adentro cocktail y amor. La avenida Corrientes estará para siempre unida a las letras apasionadas, tristes y golfas del tango porteño. Si este es un axioma incuestionable desde el punto de vista literario, desde el visual debería señalar que las imágenes magistrales de esa calle y de la ciudad de Buenos Aires, con sus rincones recoletos ya inexistentes, se la deberemos eternamente a Coppola. Horacio, no Francis Ford, cuya única materialización de aquella ciudad, también en blanco y negro, se limitó a la sonrojante –por precedible y forzada– Tetro (2009).

Horacio Coppola es uno de los fotógrafos latinoamericanos más importantes del siglo XX, aunque su calidad no lo condujera a una fama instantánea. Hace algunos años ha sido justamente colocado en el lugar que se merece, pues su mirada hacia las gentes pero, ante todo, a las ciudades, es hermana de la de otros genios de la época, como Brassaï, Eugène Atget, László Moholy-Nagy, Man Ray o Rodchenko. Y del conocimiento de esos otros maestros hay mucho en la producción de Coppola. Del saber y de la capacidad para asimilar y llevar hacia su propia poética las experimentaciones de sus colegas europeos y estadounidenses. Una búsqueda presente incluso en fotografías menos conocidas de detalle humano, objetual o urbano, como la fotografía que sigue.

De ese diálogo tuvo bastante culpa su paso por la Bauhaus como estudiante y su larga estancia en Europa, donde se le brindó la oportunidad de viajar y fotografiar importantes ciudades del continente, producción que se puede disfrutar aún en la sala de exposiciones del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Con su esposa, la también fotógrafa Grete Stein, regresó por fin a su ciudad natal en 1936. Si bien el punto de partida y el de llegada se resolvieron con la reflexividad de un círculo, el fotógrafo que volvió al hemisferio sur había cambiado su mirada por completo: a su innata capacidad para petrificar imágenes en nitrato de plata combinó las enseñanzas de la Nueva Visión alemana y de los surrealistas, principalmente, de manera que la ciudad de Coppola  nos revela sus vistas más innovadoras desde enfoques o encuadres imposibles (influjo de la Nueva Visión) con un regusto, sin embargo, a lo insólito, a lo perecedero, a lo azaroso (ascendentes típicamente surrealistas).

Horacio Coppola: Corrientes, 1936.

En esta imagen de su querida avenida Corrientes se condensan, quizá, sabias contradicciones entre el presente y el pasado, entre lo contingente y lo eterno, entre la mirada y la memoria. El lugar reposado donde disfrutar de la bohemia y del tango se transforma en una estampa de la metrópolis moderna, llena de velocidad, con el automóvil y el tranvía como señales inequívocas del progreso y de una nueva percepción –o una ausencia de ella– basada en la aceleración. El fotógrafo realiza un fascinante ejercicio de extrañamiento, como si fuera un etnólogo maravillado ante el registro visual de un pueblo desconocido. Es así que se cumplen, no sé si inconscientemente, las hermosas palabras del tango de Ángel Gatti:

¡Todo pasa en esta vida!
¡Te cambiaron Corrientes angosta!
Ya no sos la calle posta
donde un día supe andar…
Yo tampoco soy el mismo,
hoy ya no tengo la pinta de antaño
y entre tus luces me siento tan extraño,
que me dan ganas de lagrimear.

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