Plaza de las Cortes: función contra diseño

La Plaza de las Cortes, uno de los sitios más singulares de Madrid, es ya otra víctima del oxímoron al que nos puede conducir el diseño arquitectónico mal entendido. Y que además en él esté implicado uno de los arquitectos superestelares, como es Álvaro Siza, pone de relieve la paradoja de un proyecto aparentemente excepcional que, paradójicamente, parece contradecir la razón misma de su puesta en escena.

Plaza de las Cortes, antes y después. © http://www.enbicipormadrid.es

Situada un poco más abajo del Congreso de los Diputados, y en la acera opuesta, siempre ha sido un enclave complicado desde el punto de vista urbano: está subordinada a un desnivel muy pronunciado y los arbustos que la rodeaban originariamente la arrinconaban del panorama general de la carrera de San Jerónimo. Quizá este aislamiento visual posibilitó su ocupación por parte de los indigentes, verdaderos ocupadores de este espacio incómodo en la zona más noble de la capital.

Al ver el resultado del diseño de Siza Hernández de León y Riaño y Terán, parece como si, efectivamente, el objetivo fundamental fuera precisamente el de eliminar a ese sector de la población que tan incómodo suele resultarle a las autoridades, más que a los transeúntes o los miles de turistas que visitan la ciudad. Porque la Plaza ha pasado de ser un lugar recoleto e invisible a otro cuya principal incomodidad es el lugar mismo. Un sitio que, sin atreverme a decir que sea feo, se convierte decididamente en gélido y anodino.

El primer factor que influye en esta sensación es la elección misma del material: losas de granito cubren por completo todo el solar elíptico de la plaza, recordando así ese interés inmemorial de enlosar los espacios públicos madrileños con el material típicamente castellano, una moda que resurgió desgraciadamente en los años posmodernos de la transición con ejemplos infames cuya mención ahora no viene al caso –aunque con toda seguridad estarán en la mente de ustedes–. La lisura gris y monótona de esos solares, como el de la misma Plaza de las Cortes, no transmiten la calidez necesaria para el disfrute del espacio que configuran sino que, por el contrario, parecen justificar la urgencia de movimiento, la transitoriedad propia del viandante acongojado por la prisa del quehacer cotidiano o por la rápida observación que conllevan los abultados circuitos turísticos. De manera que estamos ante un espacio limpiamente deshabitado, con la eterna escultura de Miguel de Cervantes que provoca aún más la evocación inquietante de los cuadros de Giorgio de Chirico.

Escultura de Cervantes en la Plaza de las Cortes. © http://www.espormadrid.es

G. De Chirico: Piazza d

El segundo factor reviste mayor trascendencia pues invalida el porqué de esta intervención urbanística. Los autores del diseño tuvieron la intención de convertir los amplios escalones que coronan la plaza –y que pueden ver en la parte inferior de la fotografía–, en insólitos miradores, desde los cuales los transeúntes pudieran mirar, sentados, la singular panorámica de la Plaza de Neptuno, el arranque del Museo del Prado y, coronando la colina, la Iglesia de los Jerónimos. Lo que no pudieron sospechar es que esta idea, interesante sobre el papel, iba a ser cuestionada por dos agentes derivados de la realidad. El primero, que la proximidad de este mirador a la entrada del Hotel Palace convertía al espectador en incómodo medidor de monóxido de carbono debido al tráfico continuo en dicha entrada y en la calle Duque de Medinaceli. El segundo, es aún más relevante por su relación con la seguridad peatonal: si el paseante ha decidido transitar la plaza por la parte superior, comprobará sorprendido que debe bajar tres escalones con una media de 30 cm. de alto cada uno. Las escenas de funambulismo y acrobacia que he podido presenciar pueden llegar a ser dantescas, y muy poco graciosas en el caso de que fueran ancianos los implicados. Por tanto, en muchos casos se hacía necesario rodearla desde su lado izquierdo para sortear los escalones por su parte más baja. Y con ello los viandantes atravesaban todo el perímetro de la plaza del modo más incómodo posible… y no por su gusto.

Debido a tales condicionantes, y tal vez evitando alguna que otra demanda ante los tribunales, la decisión tomada por las autoridades puede resultar tan absurda como el diseño original: alinear jardineras con flores alrededor de todo el contorno soperior. De esta forma, se arruinan por completo las intenciones iniciales de integración espacial y cualquier disfrute razonable del espacio público. Con soluciones como esta, los espacios públicos se alejan del empoderamiento corporal de los ciudadanos y de los turistas –para los cuales, paradójicamente, fue concebido en su origen–, transformándose así en lugares –o “no lugares”– de transición entre los espacios privados particulares o los pertenecientes a las corporaciones.

Muro de flores sobre los escalones. © Rafael Jackson, 2010.

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  1. Hay que verla, para apreciarla. Si me da tiempo, le echaré un vistazo el próximo fin de semana.

  2. Lo que han hecho en esta plaza es muy triste… aunque seguramente al propietario de la nueva terraza que han colocado (y probablemente al funcionario que aprobase dicha terraza) no les importe. Un nuevo campo de granito intransitable para Madrid tan necesitado de espacios verdes al alcance de sus ciudadanos.

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