El absurdo reina en Casablanca

Casablanca es a Marruecos lo que La gran odalisca de Ingres a una turca otomana. Y, sin embargo, la veo esta noche por enésima vez en TCM y, como siempre, quedo subyugado por sus imágenes, por su glamour, por su falsedad, en suma. La amo porque es capaz de caminar sobre la delgada línea del melodrama más desatado sin caer en el ridículo, porque es progresista incluso en aspectos inusitados, porque algunos de sus diálogos serían insostenibles sin esos actores, sin ese mood taciturno, sin ese blanco y negro que confiere un aura particular a unos productos culturales que, hechos en color, habrían tenido posiblemente un destino muy distinto. Pero si hay algo que me apasiona de la película, es su capacidad para rondar el absurdo sin ser devorada por él, sin que el público –cinéfilo, tan exigente a menudo– sea capaz de soltar una risotada. Como escribió Umberto Eco a propósito de esto: “Un par de clichés nos provocan risa. Un centenar nos emocionan”. Y vaya si los hay en Casablanca. Con todo, prefiero los contenidos que se aproximan al absurdo a dichos clichés. Yo me quedo con tres, aunque estoy seguro de que ustedes tienen su favorito –y les invito a compartirlo con el resto en los comentarios–:

1. Rick (Humphrey Bogart) e Ilsa (Ingrid Bergman) viven su apasionado romance en París –no podía ser de otra forma– en los días previos a su invasión por las tropas nazis. Mientras están brindando por un tiempo pasado que fue mejor y el bueno de Sam toca los acordes de As time goes by, se oye por los altavoces en lengua alemana que la capital es ya una ciudad ocupada. Los estruendos dominan la banda sonora: “¿Acaso es mi corazón o es la artillería?”, pregunta Ilsa nerviosa. “Es el cañón alemán 77”, replica Rick sin mover una ceja. Si a eso añadimos la frase proferida previamente por Ilsa, “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, entonces tenemos una secuencia que podría ser una parodia de sí misma. No obstante, funciona porque sigue literalmente el principio sostenido por Eco.

Ilsa y Rick oyen los cañones en París. © 1942, Warner Bros.

2. Rick es el propietario de un café que lleva su mismo nombre en Casablanca, donde ha llegado huyendo de… ese no es el caso ahora. Uno de los clientes fijos es el capitán Renault (Claude Rains), un personaje que debería ser instituido como uno de los primeros personajes abiertamente bisexuales de la cinematografía estadounidense en una época ahogada por el ultraconservador código Hays. La cuestión ha dado pie a sesudos queer studies con el marchamo de alguna que otra universidad de reconocido prestigio; pero ¿cómo explicar si no la presentación que hace de Rick al líder rebelde Viktor László y a su esposa… Ilsa?: “Rick es el tipo de hombre del que yo me enamoraría si fuera una mujer”. Me pregunto cuántos personajes straight serían capaces de afirmar esto en los años cuarenta –e incluso actualmente–, en una mesa y rodeados de otros hombres y de una bella mujer, mientras encienden un cigarrillo sin despeinarse. Aunque, claro, a fin de cuentas el personaje es francés, y para los estadounidenses la filosofía libertaria francesa siempre ha sido vista como una sofisticación que raya en la depravación. Lo que más despierta mi curiosidad es adivinar cómo estas líneas pasaron la censura de la época. En cualquier caso, me parece a mí que hay más amor en esas palabras del capitán y en el final de Casablanca –esos dos hombres perdiéndose en la niebla ante el augurio de “una bella amistad”– que en las dos horas largas de películas más abiertamente lgbttqxyz como Brokeback Mountain.

El inicio de una bella amistad. 1942, Warner Bros.

3. Los soldados alemanes entonan una de sus rudas algaradas al piano en el café de Rick mientras Viktor László obliga –con el consentimiento de Rick– a la orquesta a cantar y tocar los acordes del himno francés, La marsellesa. A ellos se une la mayor parte del público y, entre todos, lograr ahogar al final el sonido de los primeros con un ardiente “Vive la France!”. Creo que, por mucho que se esfuercen, los chicos de Glee jamás podrán mejorar una escena como esta, aunque Sue Sylvester tenga más testosterona y peores pulgas que todo un escuadrón nazi. Estoy convencido que aquella secuencia hizo más por el arrojo aliado, y especialmente estadounidense, en el día D que cualquier soflama política.

Y a todo esto, hemos visto a estadounidenses, franceses, italianos, sudamericanos, húngaros, hasta chinos… pero ¿dónde están los marroquíes a lo largo de todo el metraje? Emplazo a su estudio por alguno de los santones del discurso pos/de-colonial. O acaso ya lo han hecho y estoy aquí sin saberlo. Sea como fuere, les invito a vernos por aquí otro día, porque ahora mismo mi atención se evade hacia la pantalla: se han llevado a László al calabozo y Rick está bregando el asunto con Renault antes de escaparse juntos de Casablanca. Pero les voy a confesar algo: al final, no siento ninguna lástima por Ilsa, pues es una lagarta que busca convertirse en la esposa del primer presidente libre de alguna república centroeuropea. Si me da pena por alguien, ése es el pobre y paciente Sam, que se quedó esperando solo en Casablanca, compuesto y sin novio.

 

Sam mira embelesado a su amor platónico. © 1942, Warner Bros.

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  1. “You must remember this, a kiss still a kiss… as time goes by”
    La trivia, quien dijo que…
    El absurdo, los clichés (vía Eco)
    y una obsesión con ese filme… siempre noté algo particular en esos intercambios entre Rick y Lazlo…
    Lo maravillosamente cursi de la estrofa de la canción de Ismael Serrano:
    Que no haya mas despedidas, que no eres Ilsa Lazlo ni yo Rick Blaine,
    ni soy tan idiota, no te dejaría ir con él.
    El próximo avión que tomes conmigo lo tendrás que hacer,
    y el camino de regreso yo te lo recordaré.

    Que te digo, que cada vez que puedo hago ese viaje, políticamente incorrecto, a Casablanca, sans marocain!

    He disfrutado tu artículo, como siempre!!!

  2. siempre me ha parecido que el pobre Sam se lleva la peor parte. Junto con Peter Lorre, claro. Lo que más me gusta de Casablanca (aunque me gusta TODO) son los personajes secundarios; el maitre gordito, la camarera colaboracionista, la pareja de rumanos, el dueño del Blue parrot, el alemán malvado…en fin, que me están dando ganas de verla otra vez, y yo aquí sin TCM.

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