Madrid

Me gusta considerar a Madrid como la letra de la vieja canción de Kiko Veneno: “Lo mismo te echo de menos, que antes te echaba de más”. Quienes la habitan, le profesan un odio eterno; quienes la han abandonado, no paran de añorarla. Y, en verdad, uno se pregunta por qué Madrid desata tales pasiones, cuando no cuenta con la singularidad de New York, ni el escaparatismo de Barcelona, ni la escenografía de París, ni el “vive como quieras” de Londres. Quizá se deba a que, de todas las urbes mencionadas, es la única que no nació con pretensiones de metrópoli, que se debatió eternamente en un “quiero y no puedo”. Está ubicada en mitad de ninguna parte, atravesada por un río insignificante y no navegable, muy alejada del mar y equidistante de las fronteras exteriores. Es una villa enclavada en la horizontalidad del páramo manchego, y por tanto, parece un iceberg amenazante inmerso en un hongo de polución cuando se llega a ella desde cualquiera de los puntos cardinales.

Los habitantes de Madrid llevan incorporadas las máscaras del teatro: algunos de los rostros que se ven afligidos por la mañana en el metro, el tren de cercanías o detrás del volante, se divierten sin descanso cuando llega la noche de jueves a domingo. Esto tampoco ha sido fácil, como casi nada en España: durante el franquismo era la típica ciudad gris y burocrática de los regímenes autoritarios. La noche era para los privilegiados; cuentan que, en los años cincuenta, la espectacular Ava Gardner se instaló en la capital para poder disfrutar sin la presión mediática de los vapores etílicos en los cócteles de Chicote, Villa Rosa y el Hilton. Al igual que las elecciones, la juerga de calidad y la vanguardia artística se impusieron con la democracia. Y las drogas. Y la criminalidad. Como cantaba el grupo español Golpes Bajos a finales de los años ochenta: “Madrid salvaje, Madrid la nuit, el fin del milenio lo tienes aquí. Sin esperanza, sin porvenir, bastante tenemos con sobrevivir”. Los noventa se llevaron a buena parte de una generación pero acabaron por dulcificar las cosas, y los barrios de Chueca y Malasaña son buen ejemplo de ello.

En Madrid la calle no se vive: se toma al asalto. Los madrileños son indiferentes al calor o al frío. Siempre es buen momento para pasear por sus avenidas o por sus parques, preferentemente acompañado, tanto en el centro como en los suburbios amenazados por  los centros comerciales desde los años noventa. Los suburbios (acomodados en el oeste y el norte, deprimidos en el este y el sur) explican, por otra parte, los prolongados trayectos entre la vivienda y el trabajo: al menos existe una adecuada red de metro y de trenes de cercanías, propiciadoras del sueño reparador o de la lectura, para bien de los editores.

No todo son maravillas en la ciudad de la meseta: el crisol multicultural enriquece pero crea injustas tensiones sociales en momentos de crisis, la contaminación es una de las más elevadas del planeta debido al clima, el euro encarece la renta y la adquisición de viviendas, la creciente corporativización de los espacios públicos dificulta la vida en la calle. Y a esto cabe añadir una más que afecta a los centros urbanos: la transformación del centro en una especie de parque temático, subdividido en la avenida de los museos, el barrio arcoiris, las calles de los grandes almacenes o el Madrid de los Austrias. Si bien esta nueva modalidad ayuda a llenar las arcas municipales y autonómicas, lleva consigo el aroma de la gentrificación y el traslado obligatorio de los vecinos con cuyo esfuerzo se puso en pie la metamorfosis de esos barrios.

© Publicado originalmente en in-Forma, vol. IV, 2010. Todos los derechos reservados.

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Un Comentario

  1. Ah, mi madrid. Mira que ser yo la unica que no protestaba ni del trafico ni de la polucion ni tan siquiera del ruido por la noche(bueno, a veces)…
    Que bien haber recuperado tu blog, lo pongo en mi bloglines ya mismo.

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