Ai Weiwei tapiza el suelo para alcanzar el cielo

La Sala de Turbinas de la Tate Modern se ha convertido en un espectáculo desde hace algunos años, en esa mala costumbre que tienen los museos de competir con los grandes almacenes o los megaconciertos de rock. Cada vez hay menos diferencia entre el eslógan de una exhibición temporal y el de cualquier otro producto de consumo: “Reserva ya para la muestra más picante de la temporada”, reza uno de los reclamos de la exposición de Paul Gauguin también en la Tate. Sin embargo, como veremos, en el caso de Ai Weiwei, uno de los artistas más célebres y comprometidos de la China actual, el medio es el mensaje a la manera de McLuhan.

© 2010, Ai Weiwei/Tate Modern. Fotografía de Hypebeast.

En su propuesta para la Sala de Turbinas, Weiwei ha elegido cubrir todo el suelo expositivo con semillas de girasol de porcelana: un total de 100 millones de ejemplares tapizan la superficie en un intento de convertir la instalación artística en un parque temático. Los visitantes podrían pisar las semillas y experimentar sus cualidades visuales, sonoras y táctiles en un intento de pulverizar el sempiterno “Prohibido tocar” vinculado a la obra de arte. Para realizar tal cantidad de pequeñas obras de arte, Weiwei puso a producir a la población china de Jigdezhen todos esos millones de semillas artesanalmente, pues una a una fueron elaboradas y pintadas a mano. El producto final, por tanto, dispara toda suerte de interpretaciones y sirve para alimentar los dos elementos esenciales del artista en la esfera del capitalismo tardío: eleva el prestigio intelectual –y correcto– de su propuesta y engrosa su caché en el ámbito de las exhibiciones individuales o colectivas. Por otra parte, limpia su conciencia como artista comprometido ya que, según ha confesado, la realización de esas semillas ha revitalizado el entramado industrial de una zona deprimida pese a que ha pasado gran parte de su historia –y la historia china, como bien saben, es larga– produciendo, precisamente, objetos de porcelana.

De todos los argumentos que puede suscitar la muestra, éste último me parece el más sustancioso. Los mecanismos que accionan las relaciones sociales, económicas, políticas –y también culturales– en la actualidad son tan perversos y sutiles que en muchos casos logran desterrar cualquier debate sobre la ética entendida a la manera tradicional del maniqueísmo, concebido como la oposición de lo correcto frente a lo incorrecto –por no hablar abiertamente del bien contra el mal, origen de la palabra “maniqueo”–. Desde este punto de vista, cualquier atisbo de explotación del artista hacia los anónimos artesanos quedaría ahogado al comprender que aquél, a la manera de un moderno Prometeo, pone en marcha toda una urdimbre productiva que permite la autogestión perdida a una colectividad deprimida en el mismo corazón de la mayor maquinaria de producción del planeta. Y, además, no es occidental, con lo cual ayudaría a esfumar de igual forma el fantasma del otro. El problema es que, a estas alturas, el yo ya campea a sus anchas en el interior del otro.

El hecho de que los visitantes pudieran caminar sobre la obra de arte tampoco es una propuesta innovadora. Cabe destacar las esculturas horizontales del escultor minimalista Carl Andre, quien invitaba al público a pisar sus planchas de metal, dando lugar al principio a situaciones insólitas: en una de sus primeras muestras, la gente no se atrevía a cruzar el umbral de la galería por miedo a estropear los dameros metálicos. Así pues, el paso del tiempo se revela en la pátina de huellas, rayazos y manchas que el público ha ido infligiendo sobre las piezas durante décadas.

 

© Carl Andre. Fotografía tomada de jameswagner.com

 

© 2010, Fotografía de Loz Flowers.

Pero, a diferencia de la propuesta de Andre, la de Weiwei parece más figurativa –a fin de cuentas, son semillas–, más lúdica y, por tanto, más adecuada al signo de los tiempos. Los millones de semillas se asemejan a la arena de la playa, incluso auditivamente al experimentar el rumor que desprenden tras ser holladas. Por otra parte, en mi país natal las pipas –como se les llama– están indisolublemente asociadas a la industria del entretenimiento: con los ojos bien abiertos y entregados a la proyección de las películas, las semillas de girasol eran el complemento ideal de las tardes en las salas de programa doble. Las de Weiwei no se pueden comer, así como tampoco sembrar, de manera que las convierten literalmente en un simulacro.

Una última acotación a esta propuesta, peligrosamente fascinante, de Weiwei. A los pocos días de abrirse la instalación de la Tate, la dirección –con la aprobación del artista– decidió prohibir al público su acceso debido a la insalubridad del polvo que se levantaba con las pisadas. Desde entonces, pues, solo puede ser vista desde el perímetro. Supongo que los visitantes sentirán, además de la decepción, el tedio más insoportable ante un espectáculo prometido y finalmente insatisfecho. Pero, ¿acaso el artista no había caído en ese detalle? ¿Y las mascarillas que él mismo y sus asistentes llevaban durante el montaje de la misma? Voy a pedir disculpas al autor y permítanme ser un tanto oblicuo en lo que voy a decir, pero quizá Weiwei estaba empleando otra metáfora de su China natal en esta brillante instalación: los occidentales podrían experimentar sin saberlo lo que se respira en el país más industrializado del mundo, que es también el más altamente contaminado, hasta el punto de que el aire que miles de millones de compatriotas inhalan todos los días a medias da la vida y a medias conduce a una muerte lenta e inexorable. Aunque mi (buena) conciencia me obliga a creer que no hubo tal intención por parte del autor antes que dar pábulo a un argumento que, por estrafalario, podría ser extraído directamente de una entrega posmoderna del olvidado Fu-Manchú. Y con ello el simulacro habría accedido finalmente, por la vía del delirio, al dominio de la realidad.

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  1. Laura

    Yo no me creo del todo la teoría de la intoxicación por humo. Creo que el museo se dio cuenta de que esa manta rasa de pipas se deshacía a los cinco minutos de abrir y que, para colmo, la gente se llevaba las pipas a casa, escondidas en los bolsillos. Sólo así se explican las ´calvas´ en la alfombra de semillas que quedaban a última hora de la tarde.

    • Gracias por tu comentario, Laura. Eso es bien cierto también. Y más teniendo en cuenta que cada pipa de Weiwei valdrá… ¿cuántos cientos de dólares? Donde estén los caramelos de Félix González-Torres, que además se reponen todos los días…

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