Los impresionistas como negocio redondo: Renoir en el Prado

P. A. Renoir: “Le déjeuner des canotiers”, 1881 © Philips Memorial Gallery, Washington DC.

El impresionismo es siempre un caballo ganador. Ello explica su triunfo en los coffee-table books, en las subastas de arte y en las exposiciones temporales de museos y centros de arte. Llega el otoño y, con él, la nueva temporada de exhibiciones en Madrid, con la consabida muestra impresionista a la cabeza: ahora le toca el turno a Pierre-Auguste Renoir.

Este año no lo esperen en el Museo Thyssen-Bornemisza ni en la Fundación Mapfre. Porque este año le toca al Museo del Prado en esta especie de ruleta francesa en la que cada temporada uno de los museos madrileños se reparten la tarta impresionista. Y es que el bizcocho impresionista, ante todo, lleva implícita la recaudación millonaria en entradas y merchandising de la tienda de los museos. Y yo me pregunto, ¿qué tienen los impresionistas que no tengan otros? Intentaré responderme a esta pregunta en las próximas líneas.

En primer lugar, que son lo más “mono” (o cute) dentro de lo que podríamos denominar arte moderno. Es algo así como nadar y guardar la ropa: llevar perfume de Gaultier bajo traje de Tom Ford. Ser moderno sin estridencias. Y esa es la clave que convierte a los impresionistas en ganadores: no se trata sólo de que sus obras resulten agradables a la vista, elegantes y al tiempo retadoras hacia nuestra percepción visual. Es que más de uno se interroga por qué con su donaire fueron rechazadas por una parte importante del gusto oficial francés cuando fueron realizadas.

De este modo, las exposiciones de los impresionistas llevan consigo las filas interminables para acceder al santuario. Tomemos dos datos al azar de la temporada de 2010. La Fundación Mapfre en el Paseo de Recoletos incluyó una muestra de los impresionistas con cuadros del Musée d’Orsay de París y la fila para entrar venía a tener la longitud de una a dos horas para llegar a la entrada. Unos meses más tardes, ofreció una de las muestras más ambiciosas y “enciclopédicas” que se han ofrecido nunca en Madrid sobre fotografía surrealista, con más de 300 obras y la proyección continuada de cuatro filmes paradigmáticos de dicha vanguardia. Jamás hubo aglomeración de visitantes en la entrada y las salas podían visitarse sin los obstáculos de los cuerpos ajenos. Supongo que la seguridad de la primera le sirvió a la Mapfre para lanzarse a la aventura de la segunda, pero el problema es que, a estas alturas, el surrealismo debería ser un movimiento tan canónico como el impresionismo. Lo malo es que este nos deleita la mirada con bucólicos paisajes y nostálgicos bulevares, con camareras alienadas pero hermosas en su mirada nostálgica y bailarinas tan transparentes que parecen de cristal. Todo es agradable de ver: el soporte se convierte en un banner desfasado que publicita la inacabable alegría de vivir. El surrealismo lo único que nos regala, si es que lo hace, es una bofetada consciente a nuestros convencionalismos socioculturales.

El público es otro de los elementos que diferencia a unas de otras. La exposición de Renoir se nutrirá, además de los turistas –necesarios, más que nunca, en los momentos de crisis– de un público que no quiere complicarse la vida con propuestas “extrañas” cuando no “extravagantes”. Que quiere ver un paisaje con sus flores sin necesidad de mirar absorto unas manchas de colores informes, que quiere deleitarse con un carmín colocado en el sitio justo, a la distancia correcta del moño, de la laca de uñas, del vestido y de los órganos genitales. Aquel público quiere escenas amables y no complicarse la vida y su umbral de aceptación con narices de perfil sobre rostros de frente, ni cuadrados negros sobre fondo blanco, ni latas con la etiqueta merda d’artista. Y, a fin de cuentas, este público es el que llena las salas de la Mapfre, del Thyssen y, ahora, de un Prado que parece la versión museística del sol y sombra. Es la situación ideal para una cultura museística que cada vez se parece más al share de audiencias de las cadenas televisivas. Me pregunto qué pensará el Reina Sofía de este intrusismo cronológico, aunque el programa de los últimos años en el museo de arte contemporáneo no sea, afortunadamente, una competencia para el Prado…

Mas volvamos a los contornos evanescentes de Renoir, con sus remeros de impolutas camisetas, sus damiselas proletarias con traje de domingo y esas pieles que hoy nos deleitan pero hace un siglo más de un crítico las comparaba a la tonalidad violácea de los cadáveres. No perdamos de vista que, quizá, con el bueno de Renoir nos estamos equivocando. Que ni fue moderno ni jamás quiso serlo, que enseguida vio que podía actualizar a Watteau para vender mejor sus cuadros a sus clientes de la burguesía francesa y estadounidense, que dejó a sus colegas impresionistas en la estacada cuando sus cheques comenzaron a contener una ristra indecente de ceros a la derecha. Aunque tampoco perdamos de vista que ninguno de los impresionistas llegó a morirse de hambre, pues su pintura era más asumible por el público que la de la generación posterior con Gauguin, Cézanne y Van Gogh a la cabeza.

Escribo estas líneas y, sin embargo, mi memoria me juega una mala pasada. Me remonta a mis días en la Escuela Secundaria, cuando miraba extasiado las pinceladas pastosas y los colores brillantes de los impresionistas en mis libros de texto. Yo acabé fascinado por el arte moderno y contemporáneo gracias a estos hacedores de instantes con colores puros. El rojo inconexo de Monet no era, al final, muy distinto del agujero tenebroso de Malevich, ni la mancha informe de Degas era muy diferente de las superficies amarillas, rojas y azules de Miró. A fin de cuentas, como señaló un contemporáneo de los impresionistas, Maurice Denis: “Recordad que un cuadro, antes de ser un caballo de batalla, una mujer desnuda o una anécdota cualquiera, es esencialmente una superficie plana cubierta de colores reunidos con cierto orden”. En definitiva, eso son las amables composiciones, le pese al propio autor o a lo que a muchos visitantes de la exposición del Prado querrían admitir. Pero no dejaré que la melancolía se burle de mis recuerdos: cada vez me cansan más las exhibiciones tibias programadas para tiempos tibios.  No visitaré la exposición de Renoir.

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  1. Alicia

    Me gusta mucho su ironía y su sentido del humor desde el respeto a los temas que trata. Estudié historia del arte y también leo otras columnas y textos publicados por ahí. Le escribo porque últimamente veo que la reputada historiadora del arte Estrella de Diego está tratando temas similares desde el mismo punto de vista en su columna de El País (Babelia). Por ejemplo, ayer escribió sobre los impresionistas un texto que se parece DEMASIADO a este suyo y que cita hasta ejemplos parecidos !!! Bueno, debe ser un honor que una historiadora como ella se inspire en usted, pero… no podría al menos citarlo, como cita otros blogs a veces???
    Bueno, siga dando duro a los temas como sabe hacerlo y a ciertas exposiciones y argumentos demasiado conservadores. Seguro que no me los perderé. Ya lo he recomendado a amigos míos de aquí para que se animen…
    Un saludo de Alicia desde Barcelona, bona.

  2. morfeo_82

    alicia, por completo de acuerdo. no creo en las coincidencias y menos cuando se parecen tanto los dos textos, me parece muy fuerte que pase eso. bueno, los ejemplos no son iguales, pero la manera en que está escrito y los argumentos son muuuuuuy parecidos (si se ha inspirado, no va a ser tan simple de plagiarlo todo). con el prestigio que tiene, la de diego debería tener más ideas propias y si pide prestadas otras, que las cite
    (luego en la universidad nos decian que hay que citar). y si a la vieja escuela no se les ocurre ninguna idea que no diga nada… paso lo mismo con otro texto de ella en el mismo sitio sobre damian hirst (http://www.elpais.com/articulo/portada/Fraudes/modernos/elpepuculbab/20100213elpbabpor_10/Tes) y el que aparecio aquí meses antes… demasiadas coincidencias!!! nada, rafael, ánimo al blog y como eslogan deberia poner debajo del titulo: “rechace imitaciones” 🙂

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