Vincere: las imágenes y su poder

 

© 2009 Offside/Rai Cinema/Celluloid Dreams

 

Uno de los directores decanos del cine italiano moderno, Marco Bellochio nunca ha renegado de su visión del cine como herramienta política. Su mirada desde el pensamiento comprometido le ha servido para diseccionar los entresijos de la sociedad italiana desde la ya lejana I pugni in tasca (Las manos en los bolsillos, 1965). Y, como no podía ser de otra forma, insiste en su tema predilecto en la colosal y convincente Vincere, rodada en 2008 pero estrenada mundialmente hace tan solo unos meses.

La propuesta de su último filme hasta el momento es clara y contundente, como debe esperarse del cine político: Bellochio se propone con ella desvelar un episodio biográfico poco conocido del duce Benito Mussolini, como fue su historia de amor con Ida Dalser. La película se desarrolla en tres actos, a la manera de todas las grandes tragedias épicas. En el primer acto, se desarrolla toda la pasión del futuro dictador e Ida –encarnada de modo fascinante por Giovanna Mezzogiorno–, que culmina con el nacimiento de un hijo secreto, Benito Albino. Es importante este momento no solo por la historia de amor en sí, sino porque el director revela que Ida ayudó económicamente hasta quedar prácticamente en la pobreza a Mussolini en la fundación de su partido tras abandonar, desencantado, el Partido Socialista. El segundo acto materializa la locura creciente de Ida tras ser abandonada, con efectistas y magistrales flash forwards de su calvario en el manicomio donde fue encerrada por orden de Mussolini. El último acto, y el más descarnado de los tres, presenta la demencia profunda de Benito Albino y los últimos días de Ida en el sanatorio mental, cuidada por un equipo médico que sabe de sobra la injusticia que está cometiendo.

Si bien la historia que he resumido exiguamente tiene el fuste necesario para su obligada visión en el cine o en DVD, querría centrarme en un aspecto que, desde el punto de vista visual, convierte esta película en una obra indispensable del cine como herramienta retórica. Me estoy refiriendo al hecho de que, tras la victoria aplastante de Mussolini y su ascenso al poder, el actor que lo había encarnado hasta entonces –Filippo Timi– abandona la pantalla y la presencia real en el filme para ser suplantado por las imágenes reales del líder a partir de documentos visuales de la época. Este recurso resulta magistral por varias razones. La primera, porque con ello Bellochio separa totalmente al personaje de su relación anterior con Ida: ella ve desde los noticiarios de las salas de cine lo mismo que todos hemos contemplado cientos de veces gracias a los medios de masas. El personaje, por tanto, devora a la persona. Tras su parafernalia dramática, acaba por ocultarla, canibalizarla y extinguirla hasta no dejar rastro de ella.

Pero hay más implicaciones en todo ello. Consciente del poder de los medios de comunicación como herramienta del poder, Mussolini registró antes que ninguno de los otros líderes de su siglo todas y cada una de sus intervenciones públicas. Sabía que de ese modo su personaje fabricado milimétricamente podía estar presente, desde su realidad virtual, en todos los rincones de Italia y del mundo. De la misma forma que el Gran Hermano de George Orwell, su mirada en blanco y negro presenciaba como testigo omnisciente todos los actos y los pensamientos de quienes estaban bajo su poder. Jamás la persuasión había sido tan convincente hasta ese momento.

Y es desde su aparición inmaterial como mueve los hilos de las vidas rotas de Ida y Benito Albino, encarnado ya adulto y en un giro ingenioso por el propio Filippo Timi. Pero no es en esos planos de la película donde se condensa la contradicción persona/personaje. Varios minutos antes de eso, el pequeño Benito Albino es encerrado en un internado, vigilado por unas monjas y un equipo de profesores que velan por su ocultamiento. Una noche de Navidad, recibe la llegada de los regalos que le ha hecho su padre, pero el niño solo tiene deseos de huir para sentir algo de calor y apego emocional. Corre sin rumbo fijo por unas salas vacías –el resto de los colegiales está de vacaciones–, sube unas amplias escaleras y se topa finalmente con un busto pesado en mármol de Mussolini. Es decir, una representación de su padre biológico como padre de la patria. Durante unos minutos lo observa concentrado como si quisiera tornar la piedra en carne. Pero, cansado de esperar y sin recibir ninguna respuesta –lo mismo que su madre en el confinamiento del manicomio– decide empujarlo para destruirlo en añicos. La rotura de sus lazos se transforma, en esos segundos, en el más efectivo de los simulacros.

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Un Comentario

  1. Anayra

    rafa, extraordinaria reflexion reseña. gracias. A-

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