Frida Kahlo, sin aderezos

Frida Kahlo, fotografiada por su sobrino Antonio en 1946, tras su operación de columna. 2010, Museo Frida Kahlo.

Con el nombre «Frida Kahlo. Sus fotos» se lleva celebrando en el Museo Casa Azul de Coyoacán una importante exhibición sobre la artista mexicana. Y no se trata de una muestra cualquiera, pues en ella salen a la luz los millares de fotografías que componían los álbumes privados de Kahlo y que, tras la muerte de Diego Rivera, su custodio durante años, quedaron sepultados dentro de armarios hasta su recuperación en 2006.

Tras observar algunas de las fotografías que conforman la exposición, todos los expertos han señalado la rotundidad sincera de su intimidad. Con solo examinar la que abre esta entrada, somos conscientes de ello. Nos hallamos ante una Frida al desnudo,  en el sentido de que no lleva sobre sí todas las señales de su identidad indígena. Han desaparecido los aderezos florales y los moños compuestos por trenzas; no hay rastro del rojo carmín que convertía la sensualidad de sus labios en una flor de granado –trofeo de sus innumerables amantes, ilustres y anónimos, de ambos sexos–; incluso el célebre entrecejo se disuelve sobre el tabique nasal. Adiós al fulgor policromático de sus vestidos de encaje y al brillo de las flores que parecían crecerle desde la piel como en sus famosos canvas. El único signo de modernidad es el de la mano izquierda que sostiene con vacilación el cigarrillo encendido, metáfora genuina de una vida vivida a caladas, con la compulsividad del fumador que lo apura, tras el infausto accidente de 1925: la mano derecha aferrada al brazo del sillón es un signo claro que parece insinuar ese episodio. No puedo ocultarles que a mí esta fotografía me ha dado mucho que pensar.

En primer lugar, porque de alguna manera es una muestra más –la enésima– que desarticula la teoría de Roland Barthes sobre la fotografía, reunida en su clásico La chambre claire. Sostenía Barthes que la fotografía es un índice casi a la manera de Pierce, esto es, que la fotografía es la más fiel de todas las artes visuales porque entre la obra gráfica y el referente apenas hay diferencia: el disparador capta la realidad con una fidelidad que se escapa a la pintura, la escultura o el grabado. Por fortuna, muchos estudios han dinamitado esta visión parcial de la fotografía, si bien algunos –como el Ficciones certificadas de Laura Bravo– parecen condenados lamentablemente a su difusión en bibliotecas debido a la tiranía del copyright, un hecho escandaloso sobre el que ya me despaché a placer desde las páginas de la revista Exit Book en 2008.

Estas hipótesis que revelan el juego entre lo documental y lo falso del arte fotográfico se muestran con nitidez cuando nos enfrentamos a la fotografía de Kahlo. Comparémosla con otra cualquiera de la Frida oficial, como la que incluyo debajo, realizada por su amante Nickolas Muray:

© ca. 1940, Nickolas Muray.

Los cientos de fotografías que todos tenemos guardadas en nuestra memoria corresponden a la versión oficial de la artista. La versión mítica que Kahlo se preocupó obsesivamente por recrear y difundir: la mujer indígena capaz de hacer sucumbir a una vanguardia dirigida férreamente por André Breton. Con su imagen calculada al milímetro, Frida parece decirnos que no hay ninguna distancia entre la artista que hace pública su autobiografía personal y cultural, y la señora que maja y aplasta las tortas de maíz desde tiempos inmemoriales. Pero no es más que uno de los índices –no barthesianos–: el del arquetipo esplendoroso, telúrico, primigenio… y ajeno al dolor que la consumía desde joven.

La otra es la que abre esta entrada. Una mujer de melena despeinada, de gesto entre impávido y amargo, casi cegada por el sol del trópico, apurando con pulso dubitativo el cigarrillo –tan distinto al gesto en la foto de Muray– y quizá mirando de reojo las volutas de humo. El encuadre forzado la aplasta contra el fondo, mientras que el insulso vestuario monocromo parece arrancarle toda la fortaleza de sus retratos oficiales, como el de Muray. Es un ser frágil, doliente, amenazado. El ser que puebla algunas de sus pinturas más autobiográficas, como Henry Ford Hospital, se ha colado ante el objetivo fotográfico y ha suplantado a la mujer fuerte. Con esto parece justificar el caudal de argumentos que puebla su bibliografía, y que Patricia Mayayo pone en tela de juicio en un estudio reciente.

El debate entre el yo y el otro se ha disipado, tal vez porque, ante el dolor, todos somos conscientes de la realidad insalvable de nosotros mismos. Sin apariencias, sin aderezos. Por esa razón, quizá Frida Kahlo almacenó estas evidencias celosamente como el más secreto de sus tesoros. No calculó que los secretos siempre son revelados en nombre de la ciencia y del conocimiento.

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Un Comentario

  1. foyin

    Igualita a Flor Esqueda

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