Réquiem por un graffiti

Graffiti frente al recinto de la UPRM. Mayagüez, Puerto Rico

Podíamos verlo, imponente y colorista, frente al Portón de la Vita, en la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez. Formaba parte de un concurso que, a nivel isleño, se había organizado bajo el nombre de Graphopoli en verano de 2008. La esencia del certamen fue expresada así por Miguel Ferrer, propulsor del proyecto junto a Celina Nogueras: «Dar las paredes de los municipios va a hacer que tengamos en todo Puerto Rico arte urbano de primera calidad. Así los artistas podrán expresarse correctamente, en los sitios correctos y así el pueblo lo podrá disfrutar y quedar como parte del folclor nuestro».

Arte urbano de primera calidad. Eso era, ni más ni menos, el enorme mural pintado por jóvenes de la isla; una obra en la que, a través de su maestría en el manejo del espréi –como a algunos le gusta escribirlo–, habían desarrollado toda una iconografía apropiada al género pictórico. Sin embargo, había en esta composición un problema latente: su repertorio visual chocaba con los poderes públicos y fácticos que lo estaban subvencionando. Supongo que, para esos poderes, franquear todos los días la avenida enfrentándose a esos símbolos debió resultarles una experiencia incómoda.

Todo el discurso crítico que se asocia al arte callejero está materializado elegantemente en el personaje que centraliza la atención en la foto. Ese pulpo agigantado, de tentáculos informes, que lucha por ocupar todo el espacio, está coronado por una cabeza que a tod@s nos suena familiar desde nuestra infancia: el logo del juego Monopoly. Sí, ese juego en el que había que ir comprando una a una todas las calles urbanas para convertirse en el príncipe de la ciudad. Resulta de un ingenio sorprendente para mentes tan jóvenes –y para muchos legisladores, estoy seguro–, que de alguna manera ese logo se convierta en un comentario sobre el dinero y el poder en el ámbito de lo urbano. Pues el dinero que hizo posible esa actividad tan generosa es el mismo que se adueña espuriamente de la calle para privatizarla como espacio corporativo. Tal vez los artífices del graffiti estaban prefigurando con esta figura –tan siniestra debido a la amabilidad de su rostro–cuál sería el propio destino de su mural, una de las escasas muestras de rabiosa contemporaneidad en esta ciudad silente de la orilla oeste. Agotado el tiempo de renta de ese muro, según las fuentes municipales, el graffiti fue cubierto por los insulsos muñequitos que anuncian las actividades deportivas de los ya pasados juegos centroamericanos de Mayagüez 2010 sobre un fondo rojo. Y yo me pregunto, no sin cierto desconsuelo: ¿hay algún nombre para definir el vandalismo cuando ese vandalismo está en manos de quienes lo persiguen?

Otro detalle del extinto mural. © 2009, Elmo Pea/Flickr

Ante esta acción tan lamentable, solo se me ocurre formular los siguientes pensamientos en progreso de tomar mejor forma dentro de mi cerebro:

1. Es mejor una juventud deportista que otra graffitera, según parecen sugerirnos los autores de este ocultamiento. Porque lo deportivo es lo sano, aunque algunas pruebas de dopaje revelen lo contrario. Ese pensamiento, tan cool a primera vista, parece atentar contra la realidad cotidiana de quienes habitamos la ciudad; los jóvenes siguen consumiendo compulsivamente sus cervezas a una peseta –o 25 centavos– en las barras de siempre y en otras que proliferan con el curioso nombre de La Biblioteca o La Casa (The House) a lo largo de la calle Post –ahora, paradójicamente, Ramón Emeterio Betances–, eufemismos que descubren el divertimento etílico como forma de pertenecer a un clan y de descubrir una falsa domesticidad cuando la casa propia está lejos. El libertador de muchos esclavos auspicia con su nombre, sin saberlo, las esclavitudes del divertimento más cafre.

2. Un acontecimiento público siempre puede ser una buena coartada para lo que sea, como bien sabrán los historiadores. Según me aseguraban mis estudiantes hace unas semanas, más familiarizados que yo a la psicología isleña, la coartada podría ser «cubrir las vergüenzas» propias de una juventud demasiado reflexiva –y crítica–, empleando para borrarlo el fragor populachero e icónico de un evento deportivo. Los trapos sucios se lavan en casa, no es cuestión de que el extranjero invitado a los Juegos –en su acepción etimológica de extraño, ajeno– vea lo que no le está permitido.

3. En el fragor de esta rabia que no puedo evitar, me vienen no obstante pensamientos que me hacen aflorar una sonrisa. Perdido en esos pensamientos, me descubro imaginando que, ojalá, los operarios ordenados por los poderes públicos no destruyeran el mural empleando la piqueta. Que, ojalá, la plancha roja interminable tan solo esté adherida sobre el graffiti memorable de la Vita. Si esto fuera así, entonces me divierto pensando que dentro de unos 200, –o mejor– 500 años, unos arqueólogos vendrán a Mayagüez a excavar sus restos urbanos. Probablemente se encontrarán antes con alguno de esos muñecos horrendos –si es que el material que los forma resiste el paso del tiempo–, y quizá alguno sea más osado y decida arrancar con la piqueta lo que quede del fondo rojizo, ya mustio y descolorido. Sus ojos y su expresión serán idénticos a los del arqueólogo que descubrió los frescos de las villas en Pompeya. Y quizá agradezca, entonces, la torpeza de aquellos que, por cubrir las «vergüenzas» de una ciudad, conservaron sin saberlo una joya para el disfrute de las generaciones que sabrán descubrir un tesoro oculto bajo el adoquín desconchado, bajo el montón interminable de un puesto en el pulguero o enterrado en un zafacón junto a los frutos de nuestro desgaste cotidiano.

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  1. Canny

    Gracias Rafa por expresar con esa prosa tan rabiosamente diafana la angustia y frustracion que sentimos muchos al ver como el vandalismo municipal cubre el arte concienzudo.

  2. Marisa Oliver

    Tu ensayo es genial!!!!! gracias

  3. Ditto, !Bendito! !Caraxx! Tus palabras son las que yo hubiese querido articular, de la rabia que sentí cuando vi esa borradura despreciable. Sí, como antropólogo apuesto a la suspicacia y a la técnica de los arqueólogos del futuro, que leerán las capas traslapadas en ese palimpsesto. Y lo leerán como oráculo: la avaricia de la profecía, cumplida con la avaricia del comité olímpico local y del capital que se lucró de los juegos…

  4. Marimer

    Y la charla quedó sintetizada en las mejores palabras. Simplemente épico. ♥

  5. Laos

    Lo más irónico es que esos “muñecos horrendos” como les llamas, que vinieron a tapar esa obra tan espectacular fueron creados por un grafitero muy respetado. Ironías de la vida.

  6. Rima

    Muy bien dicho.

  7. ¿Eso es lo que se conoce como una mejora vial? ¿Pintar sobre arte?

    En vez de hacer ciclovías (lo que hay que hacer es pintar sobre las calles una línea….) o crear murales en los caseríos…

    el objetivo es siempre tapar con la mano, la brocha o hasta con anuncios (como hicieron con los caseríos). Qué pena le tengo a Mayagüez y Puerto Rico.

  8. Graffiti: grito silencioso de aquellos condenados a la invisibilidad. Grx, genial su reflexión

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