Moda y chapapote

 

© 2010, Steven Meisel/Vogue Italy

Hay temas que se repiten cada cierto tiempo como las estaciones o las rebajas de los grandes almacenes. La semana pasada pude leer un artículo sobre el nuevo número de la revista Vogue en su edición italiana que no se detenía en los vestidos de las modelos, sino en el reportaje interior, realizado por Steve Meisel, con una modelo luciendo sus vestidos en la costa del Golfo de México. Acertaron: la que lleva recibiendo desde hace cuatro meses miles y miles de litros de petróleo. De nuevo, las instantáneas de Meisel reabren el eterno debate: si es idóneo o no que se aprovechen imágenes de tragedia natural o social con fines lucrativos y, en concreto, en un asunto tan superficial a primera vista –pero tan solo a primera vista, según demostró Roland Barthes– como la moda.

Las opiniones están enfrentadas, como cabía suponer. Están quienes se escandalizan por la banalidad perversa del reportaje y quienes se llevan las manos a la cabeza por transformar una catástrofe natural en algo glamuroso. Sin embargo, el asunto es más complejo de lo que pudiera parecer: la bisutería que luce sobre su cuerpo la supermodelo Kristen McMenamy ha sido realizada por la firma My Sister’s Art, empleando como materia prima tubos reciclados del Golfo de México. O sea, una actualización de los objetos y las instalaciones del Nouveau Réalisme pero en formato de diseño.

Son muchos los ejemplos de publicidad aparentemente escandalosa que vienen a la mente en relación con esta noticia. Recordemos, por ejemplo, las agresivas campañas de Oliverio Toscani para la firma Benetton a lo largo de los años ochenta; sus composiciones agresivamente ingeniosas se han convertido acaso en el canon o antecedente para las campañas posteriores.

 

© Oliviero Toscani. Campaña para Benetton.

 

© Oliverio Toscani. Campaña para Benetton

Al igual que con el reportaje de Meisel, esta campaña tuvo opiniones encontradas. Para algunos, Toscani y Benetton se proponían hacer famosa a la marca del mismo nombre con el escándalo y no con la calidad de sus productos. Los artífices de la campaña defendían, por el contrario, que pretendían generar debate sobre cuestiones controvertidas para la sociedad a escala mundial. Sea como fuere, las célebres fotografías de Toscani quedarán como hitos fundacionales de un tipo de publicidad insertado en la polémica. Lo que ocurre con todas estas imágenes es que el umbral cada vez es más ancho. En la primera década de este siglo fue célebre el escándalo de la publicidad de Dolce & Gabanna con una modelo asesiada sexualmente por unos cuantos modelos masculinos; tanto que decidieron no exhibir anuncios en países como España ante las protestas lógicas de los colectivos feministas.

El caso de Vogue resulta más inquietante porque, en el fondo, convierte en rentable una catástrofe planificada por la avaricia. Si su propósito es el de denunciar, sería más adecuado hacerlo desde el lenguaje del reportaje periodístico y no desde la estetización de la moda: aunque la posmodernidad juegue a confundir los lenguajes, llamemos a cada cosa por su nombre. Al ver a McMenamy rodeada por el chapapote, nos debatimos entre el gesto furibundo y la risa sonrojante. Tan sonrojante como el video promocional de la sesión por Meisel.

Aunque la palabra que mejor define todo eso es quizá la de patético, y no precisamente por su acepción de dolor o tristeza. Las instantáneas presuntamente sofisticadas –y reflexivas– de Meisel resultan tan grotescas como el que muy bien podría ser su próximo reportaje: la nueva colección del modisto X con una modelo rodeada por los cadáveres amontonados de Ciudad Juárez, los ahorcados por el gobierno talibán o los niños hambrientos de Somalia mientras les reparte comida como una voluntaria de Cáritas en versión chic. Lo mismo he dado ideas, sin saberlo, a algún editor cantamañanas, digo vanguardista.

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