Ghirlandaio en el Thyssen o la teoría del autobombo

Escribir unas cuantas líneas sobre la notable exposición Ghirlandaio y el Renacimiento en Florencia (Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, hasta el 10 de octubre), podría resumirse en una sola imagen: la de una pequeña joya alrededor de otra mayor, como es el cuadro que ostenta el núcleo de la muestra, una de las pinturas más singulares del Renacimiento italiano.

Domenico Ghirlandaio: Retrato de Giovanna Tornabuoni, hacia 1489. © Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Me refiero al excelente retrato de Giovanna Tornabuoni, pintado por el florentino Domenico Ghirlandaio hacia 1489, uno de los cuadros más relevantes del propio Museo Thyssen-Bornemisza, que alberga la exposición. No me detendré aquí en las virtudes artísticas e históricas de este artefacto cultural, por lo que les aconsejo que visiten la muestra o, en su defecto, echen un vistazo al microsite con toda su información detallada. Sin embargo, sí hay otras que son subrayables y que caen dentro de lo que podríamos denominar el fetichismo artístico y la política general de las exposiciones en los grandes museos:

1. Dentro de las instalaciones del Museo Thyssen-Bornemisza, no es nueva la idea de concentrar el peso de una exposición en un cuadro relevante de su colección. Todos recordamos las habituales muestras que, bajo el título Contextos de la colección, se proponen canalizar el foco de atención en una obra singular del Museo empleando para ello otras del propio museo o algún préstamo de otras instituciones. Por una parte, esta propuesta encierra una decidida vocación educativa hacia el público aficionado al arte, pues le facilita los rudimentos necesarios para comprender la importancia de dicha obra en el marco de la colección. Pero, por otra, se nos antoja como una estrategia ingeniosa para subrayar el lado icónico, por no decir fetichista, de las principales obras que componen el Museo, de manera que lo educativo cede enseguida su paso a lo publicitario. De todos es sabida la avalancha mediática vinculada a la cesión –y luego, compra– de la colección del difundo Barón al Estado español. Durante años, gran parte de los amantes y aficionados al arte nos sentimos con el alma en vilo ante la posible huida de un repertorio de obras escaso en los museos españoles e insólito singularmente en Madrid –ya antes se había escapado de las manos la compra de la excelente Colección Panza–. El Thyssen se nos ofrecía como una pequeña enciclopedia del arte moderno, hasta entonces inexistente en España, para el visitante y para el residente, algo así como la hermana menor de esas otras grandes enciclopedias museísticas que son el MoMA de Nueva York  o el Centre Georges Pompidou de París.

2. Pero si nadie duda de la importancia del Museo instalado en el Paseo del Prado, la apabullante declaración a los cuatro vientos de su singularidad resulta, sin embargo, tan repetitiva que llega a resultar cansina o apabullantemente marketiniana. Júzguenme de suspicaz: para mí es como si esa continuada ceremonia de autoafirmación sirviera para dos objetivos complementarios. Primero, el Patronato justificaría así los millones de pesetas que la colección les costó –justificadamente, a mi entender– a los españoles, empleando un mecanismo similar al de esos consumidores compulsivos que dejan patente la marca de los objetos que adquieren para evidenciar que se gastan sus miles de euros porque “lo barato sale caro”. Y segundo, manifiesta algo que quizá escapa –o no– a las intenciones del Patronato, y es la identificación mimética y explícita del arte con la mercancía fetichista. Tras visitar la flamante exposición, cuidadosamente comisariada por Gert Jan van der Sman, a la salida nos esperan cientos de reproducciones del cuadro plegadas en rollos y listas para que cada uno de nosotros nos apropiemos de una réplica impresa a todo color del retrato de Giovanna Tornabuoni y la enmarquemos orgullosamente en nuestros hogares. La exposición se nos ofrece, literalmente, como una atracción temática cuyo episodio cultural serían las obras expuestas, embutidas entre un prólogo formado por el pago de una entrada –nada menos que 8 euros (10.60 dólares)– y un epílogo compuesto por la tienda de souvenir con los pósters y las tarjetas postales montada ex profeso para la ocasión. Ya sabemos que este montaje cultural-mercantil no es nuevo, que se repite en casi todas las exposiciones temporales de los principales museos. También que el montaje de un evento como este es excesivamente caro. Pero el recurrente ensimismamiento mediático del Thyssen hace, si cabe, más explícito el talante comercial sobre el eminentemente cultural.

3. Esta situación no menoscaba, como decía, la grandeza del cuadro de Ghirlandaio ni la validez de la exposición como discurso cultural. Quizá aumenta su poder de fascinación por la vía de lo perverso. Se me olvidó mencionarles arriba que el pintor ejecutó la obra como un encargo de la familia tras la muerte de la retratada a los 19 años de edad. Así pues, recrea la belleza de Giovanna pintándola de memoria, recurriendo a otras imágenes y, muy posiblemente, a su recuerdo sublimado. Adelantándose casi cinco siglos al artista pop Andy Warhol, con sus marilynes de relumbrón, serigrafiadas años después de la oscura muerte del astro fílmico, Ghirlandaio compone una suerte de vanitas, una amarga manifestación de que toda belleza es tan efímera como la vida misma: si tienen la oportunidad de ver de cerca el retrato de Giovanna –o prefieren hacer un zoom al detalle que reproduzco abajo–, observen su ojo izquierdo y la lágrima que lucha por aflorar, o por quedar retenida, sobre el párpado inferior. Resulta demoledora la fuerza introspectiva de ese detalle en un retrato de perfil que parece esconder cualquier profundidad psicológica y rechazar de plano la potencia de ese mercantilismo que la encoge –como quizá la encogía hace 500 años– entre las cuatro paredes de su encorsetada jaula de oro. Quién iba a decirlo: ni Marilyn ni esta muchacha florentina podrían sospechar que acabarían decorando millones de hogares, de espacios públicos o de pantallas de móviles y ordenadores.

Detalle del retrato de Giovanna Tornabuoni. © Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

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