Gainsbourg, caricaturizado

Fotomontaje a partir del original de © Jean-François Bauret.

Serge Gainsbourg es uno de los iconos favoritos de la chanson francesa en el periodo comprendido entre los años sesenta y ochenta. Y no solo por sus melodías, sino por la ingeniosa procacidad de sus letras –siempre proclives a las dobles lecturas– y de sus apariciones públicas: su imagen quemando un billete de 500 francos en directo por la televisión o su salida de tono con una joven Whitney Houston en un programa son un top ten en YouTube. Quizá si sólo decimos esto del personaje, muchos lectores se quedaran impertérritos, pero si se añade que Gainsbourg es el artífice de la canción Je t’aime, moi non plus (1969), con esos acordes de órgano Hammond  y los gimoteos felinos de su pareja, Jane Birkin, entonces sabrán de sobra a qué nos estamos refiriendo. Esa canción es Gainsbourg en estado puro. Como señaló el entonces Presidente de la República, François Mitterrand tras su muerte: “Era nuestro Baudelaire, nuestro Apollinaire. Elevó la canción al estatus de arte”.

Digo todo esto en relación con el largometraje Gainsbourg –a secas–, primera incursión hacia el género fílmico del dibujante de cómic Joann Sfar. Al salir de la sala de cine, me ocurre algo que se repite incansablemente cuando veo una biopic: siempre me prometo no volver a ver nunca más ninguna película biográfica de ningún artista vivo o muerto. Pero siempre caigo en la trampa y entro en ese círculo vicioso.

BB (Laetitia Casta) y Gainsbourg (Eric Elmosnino) en Gainsbourg (Vie héroïque). © 2010, Universal Pictures International France.

No me malinterpreten. La película cuenta con una realización esmerada –por algo Gainsbourg es el artista favorito de Sfarr y su principal fuente de inspiración–, unas actuaciones más que loables –el protagonista, Eric Elmosnino, es un calco del cantante, y Laetitia Casta parece un clon asombroso de Brigitte Bardot–, y una ambientación perfeccionista hasta el exceso. Sin embargo hay algo que a mi juicio traiciona a todo el conjunto, y es la consideración que hace Sfarr de su personaje y de su trama como si fuera una de sus creaciones dibujadas. Aunque la aparición de su álter ego maligno, Gainsbarre –con manos y cabeza de papel maché–, puede parecer ingeniosa a primera vista, llega a resultar cansina después de la tercera o la cuarta escena. Lo mismo que esa manía de las biopics por pasar de largo por distintos episodios vitales sin llegar nunca a profundizar en ninguno de ellos, en una estrategia similar a la revisión de un álbum de estampas familiares. Y, todos lo sabemos, habitualmente llega a ser soporífero ver la fotografía del tío abuelo segundo en su boda, la jura de bandera del hermano mayor o la comunión de uno mismo. No hay demasiado compromiso por parte del director al retratar distintos episodios de la vida del músico que, por absurdos, cómicos o inquietantes, deberían haber sido filmados con más corazón y menos miramiento estético. Tal vez habría valido más concentrar toda la atención en el Gainsbourg “mayor”, el de mediados de los años sesenta y los años setenta, para apreciar en su justa medida la intensidad de su trayectoria vital y artística.

PS: No entiendo el sentido del subtítulo en francés de la película, Vie héroïque –vida heroica–. A no ser por el tratamiento superficial de un Gainsbourg reconvertido en superhéroe de la Marvel. antes de la moda por la introspección psicológica en algunos de sus emblemas, con Spiderman a la cabeza.

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