¿Prohibido asomarse al interior?: fotografía y surrealismo

Jacques-André Boiffard: Boca, 1929. © Réunion des Musées Nationaux de France.

El Centre Georges Pompidou, el Winthertur y la Fundación Mapfre anuncian una exposición sobre la fotografía y el surrealismo, con el título “La subversión de las imágenes”, en la que se incide en su importancia dentro de dicha vanguardia. La cita es obligada, pues no siempre esta premisa ha sido así. Gracias a los estudios de Rosalind Krauss y a exposiciones como “Explosante Fixe”, celebrada hace ya un cuarto de siglo en el mismo museo parisiense, lo que hasta entonces había estado subordinado a otras manifestaciones adquirió, por fin, carta de naturaleza. La fotografía, descubría certeramente Krauss, fue uno de los núcleos duros de la actividad surrealista, pero el problema es que la matriarca de la revista October acababa subordinando la revolución visual a otra de signo literario (con Breton y Bataille a la cabeza), hasta el punto de que parecería que la primera no era otra cosa que la ilustración complaciente de la segunda. Pasemos a analizar la muestra…

Desde el punto de vista pedagógico, la actual exposición aportará especialmente a los no especialistas por su estimable espíritu didáctico: la agrupación de los asuntos y su fuente visual es armónica, aunque gracias a los conocimientos sobre la materia el trabajo de organización resulte más sencillo –no así conseguir el trabajo burocrático y la gestión de los seguros–. Por lo que respecta a las obras, su carácter enciclopédico y la muestra de obras maestras en Madrid –y de otras menos conocidas, junto a filmes insólitos de artistas relevantes y menos relevantes– siempre es admirable. Sin embargo, la apuesta teórica no resulta audaz desde ninguno de los puntos de vista, sino más bien al contrario: es una propuesta tibia para unos tiempos tibios. Al final de la visita, queda la impresión de que, o bien el surrealismo ha sido domesticado o bien las limitaciones morales no permiten hacer una apuesta verdaderamente rupturista y provocadora, a la altura de los responsables de las imágenes mostradas: aquellos señores y señoras perfectamente atildados se enfrentaron y quisieron pulverizar hace ya casi un siglo todas las normas sociales y morales de la burguesía en el poder. Unas normas que, lejos de haber sido domeñadas, siguen intentando –y, a veces, logrando– reconquistar los terrenos de libertad ganados por la sociedad civil a lo largo de los dos últimos siglos.

Claude Cahun: Que me veux-tu? Autorretrato doble, 1930. Colección particular. © Herederos de la fotógrafa.

Y para muestra un botón. Después de la última sala que cierra la exposición, el visitante se topa con una enorme cortina gris –a juego con la pintura de las paredes– y con una cartela situada a su derecha. En esta se advierte que las obras contenidas en la sala adjunta contienen imágenes de alto contenido erótico; por tanto, se aconseja que los jóvenes menores de 18 años entren acompañados de un adulto porque “podrían herir su sensibilidad”. Y todo porque aparecen unas fotografías en blanco y negro con primeros planos de parejas teniendo sexo; o sea, lo mismo que a lo que esos adolescentes suelen acceder todos los días por internet mientras sus padres no están mirando… pero en movimiento y a todo color. ¿Acaso los comisarios realmente han hecho un guiño al querer convertir esta sala de exposición en el sucedáneo de peep-show? Sea como fuere, me parece a mí que han preferido ponerse con temor la venda en el ojo antes de que algún/alguna insensato/a les pueda poner una demanda por escándalo púb(l)ico. O es que tal vez ya les ha ocurrido…

En cualquier caso, ahí es donde se revelan dos tipos de poder subversivo: el del surrealismo sin edulcorantes y el de las imágenes fotográficas como doble de la realidad. En este momento me pondré bergeriano y les instaré a que no se les pase por alto lo siguiente: a lo largo de los siglos, la representación del cuerpo desnudo ha estado revestida, también, de motivaciones eróticas para generaciones de coleccionistas y usuarios anónimos. Incluidos los especialistas: no me equivoco si les confieso que, desde Johann Joachim Winckelmann, cualquier experto/a en la materia habrá concebido su vocación acompañada por las fantasías voluptuosas de las imágenes artísticas; la sublimación, por muy estética que pueda parecer, en el fondo no es más que “el paso directo del estado sólido al de vapor” (RAE). ¿Habrá entonces que prohibir el paso a los pocos adolescentes que se atreven a cruzar en solitario el umbral del Prado, del Reina Sofía, del Thyssen, del IVAM, del Guggenheim, del MACBA?… Vivir para ver.

Tiziano: Dánae recibe la lluvia de oro, 1545. © Museo del Prado, Madrid.

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