Abyección televisiva dentro de una lasagna

La vanguardia ha vencido en alguno de sus supuestos. Quizá fracasó en los más importantes, como la revolución social, pero en otros casos ha sido vilmente fagocitada por los mecanismos del poder. Uno de esos supuestos es la fascinación por lo abyecto, preconizada por tendencias como el dadaísmo, el surrealismo, el informalismo o el nuevo realismo francés. La obsesión por todo lo horrible, asqueroso, vil e inmundo, siempre se había manifestado del lado de lo inconsciente y, por tanto, de lo reprimido, pero en la parrilla de la programación televisiva, desde hace varios años, se ha impuesto frente a valores más tradicionales como la belleza y la virtud.

Como no podía ser de otra forma, la cadena privada española Telecinco tuvo que dar la campanada. Estaba el otro día, asfixiado por el calor tras el aguacero de la tarde, pasando  un rato muerto en Internet, cuando me enfrenté directamente con una de las muestras más palpables de la abyección absoluta, materializada en un programa llamado Supervivientes. El formato es de sobra conocido: un grupo de anónimos y de famosos, por vía profesional o genital, son abandonados a su suerte en una isla tropical durante varias semanas mientras la producción del programa les lleva a situaciones límite. Sin comida, sin agua, sin protección: uno a uno irán cayendo gracias al juicio certero o no del público, transformado en el verdugo caprichoso que convierte el puteo –y perdonen el uso de la palabra, pero no hay otra más representativa al respecto– en todo un arte.

Pues bien. Esta semana los guionistas dieron otro salto mortal sin red. Qué graciosos son ellos y ellas: colocaron una bandeja llena de lasagna a varios concursantes con la condición de que la engulleran en menos de siete minutos. Por supuesto, nada de cubiertos, platos ni servilletas, de manera que los concursantes parecían más bien una manada de perros, vacas o cerdos comiendo colectivamente en el abrevadero de aluminio. Como el tiempo pasaba y la comida escasea, alguno de los más desesperados decidieron guardarse trozos en los bolsillos, aunque fueron debidamente llevados al orden por los supervisores del programa. Pero lo mejor será que lo vean ustedes mismos pulsando aquí.

Creo que la fascinación de la audiencia por este tipo de situaciones debería ser analizada por especialistas en la materia. En un planeta donde cada día mueren miles de personas acuciadas por el hambre, es apenas comprensible el placer derivado de dejar hambrientos a un grupo de personas a no ser porque algunas de ellas son odiadas por el público. Quizá sea simplemente una actualización del chiste de Miguel Gila sobre unos amigos suyos del pueblo que le gastaron una broma tan pesada a su hijo que acabó matándolo: “Me habéis dejado sin hijo, pero no veáis lo que me he reído…”.

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