Belén Esteban: (tele)realidad y (ultra)representación

Las metamorfosis... y no de Ovidio, sino de Esteban. © 2008, Fotomontaje de Curro Cañete Leyva

Podría ser el título del sesudo estudio sociológico en lengua francesa que aparecerá en unos meses. Pero no, tan solo se trata de otra entrada de un blog. Observando a personajillos como el que da título a este artículo, me pregunto por qué ha bajado tanto el listón en las cadenas españolas. Recuerdo aún cuando tan solo en España había dos canales públicos y uno podía asistir a la retransmisión de las mejores series (“Yo, Claudio”, “Retorno a Brideshead”, “Park Avenue”, “Guerra y Paz”…), películas, programas de entretenimiento y de debate que se han ofrecido nunca, sin mencionar que además están a años luz de lo que se realiza en la actualidad. Gran parte del cine clásico que forma parte de mi memoria se lo debo a la 2 de TVE: ciclos completos de directores como Hitchcock, Wilder, Truffaut, Rossellini o Buñuel, de actores como Audrey y Katharine Hepburn, Jack Lemmon, Ingrid Bergman o Vittorio Gassman, llenaban mi memoria visual todos los lunes por la noche.

Hasta que llegaron las cadenas privadas, especialmente con Berlusconi, Telecinco y sus Mamá Chicho ligeritas de ropa, la resurrección de las películas casposas de los años setenta y, por último, la telerrealidad concretada en programas como Veredicto o, principalmente, Gran Hermano. Y nos olvidamos de un programa tan amable como ¡Qué me dices? –¿lo recuerdan?, presentado por la dulce Belinda Washington y un feo entrañable que se llamaba Chapis [sic]–. Pues bien, hemos de agradecer a Emilio Aragón –sí, el de los Payasos de la tele, con ínfulas de director de grandes series y películas– que se le ocurriera la idea de lanzar a las calles a aspirantes a reporteros capaces de vender a sus madres por hacer una entrevista a pie de calle a las celebridades “de verdad” y a las de nuevo cuño que fueron apareciendo “como consortes” –esto es, al modo de las antiguas monarquías–.

Ella, Belén Esteban, fue una de las primeras representantes de la segunda tipología. Y todo por enredarse durante años con un torero –el inefable Jesulín de Ubrique–, por marcharse a vivir con él y con toda la familia del torero a su mansión, Ambiciones, y por quedarse embarazada para alumbrar a Andreíta. En estas casi cinco líneas se condensan los méritos de esta “chica de barrio”, añadido a ello todo el rifirrafe por su separación del matador, los dimes y diretes con la familia de su ex –papá Humberto, mamá Carmen y los cuñados Jesulina, Humertito y Víctor–, un par de relaciones tempestuosas y unas operaciones de cirugía estética que dan fe de lo peligroso que es un bisturí colocado en las manos inapropiadas.

Y ya. Ahora reina con luz propia en las tardes y las noches de Telecinco gracias al programa rey de la víscera –digo, del corazón– Sálvame. En él es capaz de olvidar su escasa cortesía y plantarse ante cualquiera con la misma decisión que una compradora de arrabal peleándose con su verdulera o su pescadera porque le ha sisado –esa palabra tan maternal siempre me ha encantado– en la cuenta de la compra. Ella gesticula, se pone nerviosa, se levanta, grita a rabiar hasta que parece que se le va a explotar la yugular, y revela todo un surtido de caras que van desde la “paso de ti” a la “vete a freír espárragos”.

El potencial gestual y sonoro es lo más poderoso de la “princesa de San Blas”, título que de veras me molesta porque yo he conocido en mi barrio a mujeres que han salido adelante trabajando duro: no sé si serán princesas, pero tienen mucha más clase y más sentido del esfuerzo que aquella aristócrata. El modo en que se confiesa al presentador entre sollozos cuando abandona el programa –cada dos por tres– pero, principalmente, las sacudidas de cabeza y los toques-gestos que le da en el hombro son la verdadera clave para comprender por qué es la reina del corazón y toda una apisonadora de audiencias. Eso junto al modo en que lleva sujeto el bolso, pegado al regazo y pendiendo de la muñeca.

En todos esos signos se desvela el porqué de su éxito. Cualquier ama de casa de barrio verá reflejada a la heroína que podría vivir en el portal de al lado, una pobre chica a la que el galán de turno le hace una tripa y tiene salir huyendo del hogar común vilipendiada por su familia política. Tan real como la vida misma. Lo que ocurre es que, de tan real que parece, se me antoja como un simulacro, como una telenovela, como una ultra-representación que la propia Belén ofrece de sí misma, conociendo de antemano –ella y/o su manager– que de esa manera seduce a su principal audiencia, la engancha y sufre con ella todos los sinsabores de esa pobre muchacha de barrio. No es necesaria la teleficción materializada en las telenovelas latinoamericanas  cuando la presunta realidad es capaz de emplear perversamente los resortes de la primera.

Seguro que el sociólogo francés –como la profesora de Periodismo que ya le dedicó otro estudio– realizará un análisis semiótico similar a este a lo largo de 300 páginas, en las que citará a filósofos postestructuralistas y deconstructivas. Pero quizá no será capaz de llegar a la raíz del problema: mientras él pasa horas y horas al lado del ordenador, ella seguirá convirtiendo la empatía ajena en gasolina para su venganza personal y en cifras para su cuenta bancaria. Pocos han sacado tanto rendimiento a tan poca sustancia; esta chica, en el fondo, es tan lista y tan marketiniana como Madonna. Y quizá incluso lo sabe. La pregunta es hasta cuándo sus seguidoras seguirán alimentando el interés por revisar un día tras otro un despecho que ya dura más de diez años.

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