Ángeles con manos sucias

Hace unos 15 días, dos ex-presidentes de EE.UU., Bill Clinton y George Bush, visitaron Haití para comprobar los efectos del terremoto y, de paso, calcular cómo gestionar el dinero recogido en el fondo de donaciones que ambos dirigen.

Hasta aquí, una noticia llena de buenas intenciones por parte dos antiguos gobernantes. Si en el caso de Clinton la noticia no nos sorprende, no me negarán que nuestra curiosidad se despierta cuando pensamos en Bush Jr. Después de una gestión de ocho años plagada de acciones y decisiones más oscuras que una noche de luna nueva, llama poderosamente la atención su nueva faceta humanista, algo más propio de un calculado acto de contrición que de una acción espontánea.

Sea como fuere, no seré yo quien haga una lectura psicoanalítica –ni política– de esa decisión. Pero hay un detalle que me ha hecho calibrar la ambigüedad de sus actos solidarios. Un detalle que, afortunadamente, no ha pasado por alto a los medios ni a ese “ojo público” y anónimo con el nombre de YouTube.

Tal como lo han visto. Con este gesto tan elocuente, Bush parece revelarnos explícitamente que una cosa es ver cándidamente en la televisión cómo sobreviven los parias después de que su vida se ha hecho cantos en tan solo unos minutos –con la misma ingenuidad que en las siniestras imágenes de los misiles destruyendo ciudades como si fueran fuegos artificiales–, y otra muy distinta compartir con ellos algo tan íntimo –y tan sincero a la vez– como el sentido del tacto materializado en un estrechón de manos fraternal.

Enseguida las opiniones se dividieron. Unos pensaban que era el modo más efectivo para limpiarse la mano derecha, mientras otros creían que en realidad estaba haciendo señas a Clinton para que continuaran el protocolo de la visita. En cualquier caso, a mí me gusta seguir la sabiduría popular del refranero, de modo que prefiero hacer del “Piensa mal y acertarás” toda una declaración de principios.

De acuerdo con eso, y puestos a imaginar, podrá suponerse que en la misa de todos los domingos él no tendrá ningún problema en dar el signo de la paz a quienes comparten el banco con él y su familia, pues supongo que en su mundo todo es de color de rosa y la vida es como una estampa límpida en technicolor de una comedia de los años sesenta. Lo malo es imaginar a Rock Hudson o Troy Donahue cambiando de registro y protagonizando un melodrama neorrealista al estilo de Ladrón de bicicletas. En un mundo almibarado como aquel no hay lugar para el desorden, ni para la pobreza, ni para la desesperación… ni para los angelitos negros, como cantaba hace años sabiamente Antonio Machín.

¿Se imaginan lo que estarán sintiendo los cientos y cientos de personas que alguna vez se aproximaron a Bush para pedirle ayuda? Probablemente estén pensando que en ese caso la pernera del pantalón o el kleenex escondido en el cajón del escritorio hicieron el papel de la limpia y rosada camisa de Bill Clinton, un trozo de tela impoluta manchada a partir de ahora con el sudor lleno de basura, de orín, de sangre, de desesperación, de rabia y de agonía, de esos tristes ángeles negros.

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