Repo Men: visceralidad, absurdo y mal gusto

Siempre he odiado extraer el hígado del pollo cuando lo compro en el supermercado, y lo mismo he de decir de las tripas de los pescados. El contacto con el aspecto informe y viscoso de esa masa corporal me hace sentir al borde de la repugnancia, de modo que cada vez prefiero más adquirir las caderas y las pechugas debidamente deshuesadas, así como el pescado fileteado o cortado en rodajas.

Si les cuento todo esto es porque intento responderme a mí mismo por qué he ido a ver la película Repo Men en una sala de cine. De entrada, les digo que tras verla he entendido por qué ha tardado dos años en estrenarse desde su rodaje. Es una de las experiencias más absurdas y asquerosas que he experimentado desde hacía tiempo. El filme es claramente insostenible desde el punto de vista del guión: un caza-órganos que trabaja para una compañía de transplantes se encarga de recuperar –literalmente– los de aquellas personas que no son capaces de pagar el crédito tras la cirugía. Hasta aquí, podríamos estar asistiendo a una película de ciencia-ficción con altas dosis de humor negro: la secuencia con el protagonista, Remy (Jude Law), abriendo en canal a un moroso para extraerle el hígado mientras escucha en su reproductor música brasileña, podría pasar a la historia de la antología del mal gusto y del humor de brocha gorda. Sin embargo, en la escena siguiente comienza a plantear una sub-trama con tintes de drama existencial en otras facetas del personaje. En pocas palabras, ¿será este asesino a sueldo un excelente esposo y padre de familia?

© 2010, Universal Pictures.

Lo cierto es que a los pocos minutos, entre el shock mío y la estulticia que se combina a su antojo en la trama, ya no quedan ganas de responder a la pregunta y sí que se hace perentorio buscar la salida de la sala. Si, con todo, uno tiene los arrestos de quedarse hasta el final, asistirá aburrido a una serie de gags encadenados que copian, empeorándolos, referentes tan dispares como la ambientación del Blade Runner (1982) de Ridley Scott, las coreografías violentas del Kill Bill volumen 1 (2004) de Quentin Tarantino o la casquería estomacante de Re-Animator (1985). Lo único que me llama la atención es el indecente despliegue de vísceras, sangre y violencia en una producción protagonizada por el melifluo Jude Law –eclipsado en sus últimas actuaciones tras sus excelentes comienzos con filmes como Gattaca y The Talented Mr. Ripley– y por el siempre eficiente Forest Whitaker como compañero de correrías del primero. Lo demás, no deja de ser pose y collage de filmes vistos previamente.

Una última nota relacionada con el final. Que todos los críticos sostengan que merece ser tenido en cuenta y está por encima del nivel de la película me hace pensar que la profesión de la crítica de cine anda en sus horas más bajas. Que yo sepa, ese final desdoblado en uno feliz dentro de la mente manipulada del protagonista y otro desgraciado en la realidad gris que lo amenaza ya lo he visto en otros filmes de mucha mayor envergadura, explícitamente en la obra maestra Brazil (1985) de Terry Gilliam e implícitamente en la interesante Abre los ojos (1997) de Alejandro Amenábar.

Sam Lowry (Jonathan Pryce) lobotomizado al final de Brazil (1985)
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