El asco del vándalo

Por más que lo piense, no alcanzo a comprender qué motivación puede tener quien destruye una obra de arte. De acuerdo, se hace en nombre de una divinidad, de una norma social o política, de una estética preestablecida o de un buen gusto que nomalmente coincide con las modas imperantes. Pero siempre suelen pagar los mismos los escabrosos resultados de la intolerancia.

Hace algunas semanas, una sugerente fuente inventada por el artista mallorquín Bernardi Roig fue hecha pedazos en el mismo lugar donde se encontraba expuesta: los alrededores del Instituto Valenciano de Arte Modeno (IVAM).

La fuente de Roig antes de la agresión. © 2009, El País.

Como pueden ver arriba, la escultura representa las obsesiones habituales del artista: un vaciado de un hombre maduro, vomitando agua, y con iluminación azulada. Puede que el hecho de que esta escultura estuviera escupiendo el líquido elemento motivara el porqué de la agresión. El culpable, un antiguo estudiante de Bellas Artes –sí, como lo leen–, se acercó ebrio a la escultura y, al tocarla y comprobar que se movía, la tomó a golpes con ella porque “le daba asco”.

El artista, pese a todo, se tomó a bien que una de sus obras produjera esa sensación, y yo no voy a contradecirle. Pero me pregunto, ¿acaso es lo único que a ese aspirante a bárbaro le produce asco en el mundo? Visto lo que hay alrededor de nuestro entorno cotidiano, la pobre escultura es de lo más potable que se nos puede poner delante de los ojos…

Lo que el agresor desconoce, igualmente, es que “eso” que ha destrozado le pertenecía también a él. Y no porque él lo hubiera comprado en una galería –tal vez lo suyo hubieran sido los bodegones con naranjas y sandías–, sino porque el gobierno autónomo y una serie de especialistas que tal vez saben más de arte –y de sensibilidad artística– que él, han destinado una parte del presupuesto de cultura a la instalación de esa fuente. Por otra parte, no me negarán que resulta mucho más fascinante el entorno del IVAM que cualquier otro entorno que uno se puede encontrar en otro lugar “urbano del planeta”. Quizá esos otros lugares –o “no lugares”, como se ha puesto de moda decir– sí que producen asco o pueden ser, cuanto menos, abiertamente espeluznantes. Por eso les propongo un juego a partir de dos imágenes. Descubran las 7 diferencias entre ambas:

IVAM (arriba) y “no lugar” en el Caribe (abajo).

Y aún así, algunos de ustedes podrían seguir insistiendo en que es un horror colocar semejante escultura en un espacio público. Seguro que para muchos de ustedes es mejor el tradicional monumento a un prócer o a un héroe de la patria. Parece mentira que en pleno siglo XXI, casi 100 años después de La fuente de Duchamp y  5o de La merda d’artista de Piero Manzoni, tengamos que seguir soltando la misma cantinela –en las aulas y fuera de ellas–: que el arte no es arte porque sea bonito, sino porque le sirve a su autor para interpretar… lo que sea.

Probablemente esto no lo sabe nuestro aspirante a vándalo y artista frustrado: quizá se saltó esa clase o tuvo a unos profesores algo retrógrados. Si quieren que les confiese algo, conozco a algún que otro –estudiante y profesor– que, si bien no sería capaz de asestarle dos mamporros a semejante escultura, sí que se ha sentido complacido tras leer la noticia en los diarios. Y no deja de parecerme curioso que rían semejante gracia las mentes que acaso en su día lamentaron la salvaje destrucción de los Budas de Bamiyan a manos de los talibanes afganos.

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