James Cameron, ¿un Avatar posmoderno?

Vale. Tengo que sacarme esto del sistema y contarles qué pienso de Avatar. Eso sí, suprimiendo toda la parafernalia hi-tech de las gafitas 3D –que por cierto, producen una ligera jaqueca después de tres horas puestas– y los premios que se ha llevado y posiblemente seguirá arrastrando, muy a mi pesar.

La película es, ante todo, un flamante producto de marketing en un envoltorio de lujo. Poco más, porque de novedoso solo tiene los fuegos artificiales de una realización en 3D. El resto es puro tópico, algo a lo que ya nos tiene acostumbrados su director, el estomacante James Cameron. Y ese es uno de los principales defectos de una película que, tan pronto se ha visto, se olvida.

“Tú te plantas ahí como un pasmarote y yo me encargo de dejarlo bonito con las gafas.”

No voy a resumir el susodicho filme porque, con toda seguridad, una parte importante de ustedes ya lo ha visto con el ritual de las gafitas. Bajo tanta innovación tecnológica tenemos una historia llena de tópicos y de intertextualidad, como dirían los posmodernos. No seré el primero en señalar que la trama principal es un remedo de la tercera parte de la primera trilogía de Star Wars: The Return of the Jedi (1983). En ambos casos nos hallamos frente a una potencia ultratecnológica –el Imperio en The Return, y los marines sin nombre aquí– que intenta imponer su ley a una civilización anclada en la prehistoria –los Ewok en la primera, los Na’vi en la segunda–. Lo único curioso es que, en el filme de Cameron, los marines ya no sirven a un Estado sino a una corporación, y en esto no sé si el inconsciente le ha jugado una mala pasada al director o si bien está haciendo una crítica velada al signo de los tiempos. Pero como la filosofía y la ideología de Cameron me parecen más simplistas, acaso ésta será una lectura derivada de los espectadores más complejos… Obra abierta, lo llamarían, de nuevo, los críticos posmodernos.

La comparación entre Avatar y Star Wars implica otra relectura más interesante si la llevamos al terreno de la alteridad. En el fondo, lo que el bueno de Cameron nos narra es la eterna historia del yo occidental frente al otro primitivo, con los temores primigenios y cualidades exóticas que los últimos implican. En fin, es como el viaje que Paul Gauguin realizó a la isla de Tahití, a finales del siglo XIX, pero con las ventajas ultratecnológicas de la actualidad. Aunque, al contrario de Gauguin y los exploradores, el cuerpo occidental nunca entra en contacto con el cuerpo primitivo ni con sus costumbres: recordemos que todo es controlado desde la mente de los estadounidenses introducidos en una cámara construida a tal efecto. Así pues, la historia es un monumento al simulacro –no sé si posmoderno, de nuevo– desde el mismo inicio de la trama.

Romeo y Julieta en Pandora. © 2oth. Century Fox

Con todo y con eso, James Cameron tiene la astucia de un lince para saber enriquecer sus argumentos con un barniz trendy de acuerdo al signo de los tiempos. Si en Aliens (1986) ponía de manifiesto el protagonismo de la mujer y su dureza en los momentos difíciles, si en Abyss (1989) rodaba una película larguísima de aventuras abisales para, al final, rendir tributo a la leyenda urbana de que había vida alienígena bajo los océanos, ahora lo que nos ofrece es un panteísmo de última hora acorde con la doctrina paracientífica de Gaia o Gea. De manera que, al final del filme, no sabemos muy bien si hemos asistido a una atracción de parque temático o salimos de un sermón parroquial de alguna iglesia new-age. Me reservo decir palabra alguna sobre la historia de amor porque no quiero sonar peyorativo, aunque después de Titanic (1997) ya sabemos cómo se las gasta el cineasta.

Queda muy claro con esto que Cameron no es santo de mi devoción. Y es que está varios escalones por debajo de los maestros de la aventura aplicada al cine como arte y como entretenimiento. Pero él parece encantado de haberse conocido, de modo que seguirá gritando aquello de que “es el rey del mundo” en la entrega de los Oscar y continuará deleitando con ¿filmes? que encierran la misma vacuidad de un videojuego. Eso sin olvidar que, además de los concesionarios de palomitas, las verdaderas beneficiarias serán las empresas de analgésicos, pues aumentarán sus ventas gracias a las jaquecas derivadas de las gafitas de turno.

Desconozco si este es verdaderamente el futuro del cine; por si acaso, creo que me quedaré más tiempo viendo la televisión. Series como Mad Men, Lost o The Wire, ofrecen aquello que una parte importante del cine dejó de regalarnos hace unas cuantas décadas: contenido impecable para un público que ha superado, al menos mentalmente, los 18 años.

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  1. “The Wire” tiene que ser la mejor serie de todos los tiempos. Tan es así, que en casa la hemos visto no una sino dos veces (los cinco “seasons”.) Y alquilándolas cada vez. 🙂

    Pero al grano: Creo que la movida al “malo” corporativo en Avatar (que aún no he visto) es intencional: como las camisetas del Ché, el mercado es implacable, usa lo que tenga que usar para vender, aunque sea el odio…el odio al mercado mismo.

    Yo, por mi parte, extraño la trama simplona de las viejas pelis de Star Wars. Ahí no había pretensiones de buena actuación ni de complejidades de libreto, ni gafas. Sólo héroes, mitos, osos de peluche elevados a la categoría de alienígena, una buena pelea, pop corn…:)

    • Tienes toda la razón en las dos cosas, Rima. Para mí, Star Wars es lo mejor que se ha hecho en cine de entretenimiento. No sé si has visto alguna ‘season’ de Mad Men, pero también te la recomiendo: es un retrato excelente de USA en los años sesenta y del mundo de la publicidad. Me tiene completamente enganchado…

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