Almodóvar o el arte de la paráfrasis

El efecto espejo: Almodóvar vs. Bergman

Antes que nada, debo advertirles que me encantan casi todos los filmes de Pedro Almodóvar.  Si bien es imposible que nadie se halle en perpetuo estado de gracia, siempre hay algo rescatable para la memoria en sus películas: algunos fotogramas, algunas frases, algunas situaciones cómicas o dramáticas. Pensemos en Kika (1993) y Andrea Caracortada, capaz de vender a su madre por una exclusiva, como muchos paparazzi o presentadores reality-shows que hemos visto años después. O en las monjas surreales de Entre tinieblas (1983), o incluso en el tour de force entre Becky del Páramo (Marisa Paredes) y Rebeca (Victoria Abril) que crece con consistencia desde la débil trama desarrollada en Tacones lejanos (1991).

Aparte de su habilidad para construir situaciones delirantes y diálogos llenos de ingenio, Almodóvar siempre ha mostrado un fuerte interés en parafrasear los filmes de otros directores desde un punto de vista posmoderno. Las películas underground de Andy Warhol, los melodramas de Sirk o Bergman, los personajes derivados de Buñuel o Berlanga, las comedias y los musicales de los cincuenta y sesenta, todas ellas están entrelazadas en el universo de Almodovar con admirable maestría. Y este tributo está próximo al copycatism cuando comprobamos que sus tramas se basan en otros filmes clásicos, como ocurre en Átame con respecto a The Collector (1965) de William Wyler o a Tacones lejanos en relación con Imitation of Life (1959), de Douglas Sirk.

Pero hay algo raro en los filmes de Almodóvar desde su incomprendida La mala educación (2004), y es su obsesión con parafrasear sus películas anteriores. El propio cineasta admitió el vínculo entre la visita de Zahara (Gael García-Bernal) al Padre Manuel (Daniel Giménez-Cacho) y un episodio menor de su obra maestra La ley del deseo. Este no es el único ejemplo: se pueden vislumbrar varios paralelismos claros entre ¡Qué hecho yo para merecer esto? (1984) y Volver (2006). Incluso me siento tentado de considerar la última de ellas como una secuela de la primera en clave de humor, pues la trama principal de Volver comienza casi después del momento en que acaba  ¡Qué he hecho yo…, esto es, con un hombre aborrecible asesinado por su esposa (Gloria en el primero de ellos y Raimunda en el segundo).
De Gloria a Raimunda: veinte años no es nada…

Y por fin llegamos a Los abrazos rotos (2009), para mí su filme más flojo junto a Entre tinieblas, Tacones lejanos o Kika. Es una lástima confirmar que un artista capaz de producir joyas como La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Todo sobre mi madre o Hable con ella haya construido un filme definido por su inconsistencia. La trama está trufada de estereotipos: un millonario desagradable que se beneficia de una joven arribista, la maldición de los amantes, e incluso se hace manifiesta en varias líneas de diálogo –especialmente las de Judit (Blanca Portillo) y Mateo/Harry (Lluis Homar)–, lo cual demuestra que Almodóvar suena un tanto forzado cuando intenta mostrar gravedad y abandona su reino, que es lo cotidiano: no me negarán que realmente suena más falso que las pesetas escuchar la necesidad que tiene el director ciego, Mateo Blanco (Lluis Homar), de escuchar la voz de Jeanne Moreau en Ascenseur pour l’échafaud. Con todo, una secuencia tiene la fuerza necesaria para quedar grabada en nuestra memoria: Lena (Penélope Cruz) y su compañero sentimental, el empresario Ernesto Martel (Jose L. Gómez), teniendo sexo bajo las sábanas. La angustia de Lena al final de la secuencia es más comprensible si la comparamos con la obra maestra del surrealista René Magritte Los amantes (1928).

Lena y Ernesto en Los abrazos rotos. © El Deseo, 2009.
Magritte: Les amants, 1928. © MoMA, New York.
Y eso no es todo. La cosa puede empeorar más aún si consideramos, aparte de la historia en sí misma –que ya es bastante–, secuencias inverosímiles como las de Diego (Tamar Novas) como ingenuo DJ en un night-club. Y todavía se me olvida lo peor de todo: la innecesaria adaptación de la intocable obra maestra Mujeres al borde... Tengo una seria objeción con su inclusión en Los abrazos rotos: no desempeña ningún papel en la trama y podría, por tanto, suprimirse de un plumazo sin que la película perdiera ninguno de sus escasos valores. Narcisismo incontrolable, podríamos llamarlo entonces.
En resumen: cómo podemos explicar estas paráfrasis. En mi opinión, son un ejemplo más de las habituales auto-citas que Almodóvar nos regala desde La mala educación. No obstante, les confieso que comienzo a sentirme disgustado ante tanta ceremonia del autobombo. Y que conste que no voy a caer en la bajeza de atacar ridículamente todos sus filmes, que amo como historiador del arte, cinéfilo y simple espectador. Quizá este complejo de autoparáfrasis se deba al hecho de que Almodóvar cree que ha llegado a la tierra de los clásicos, junto con Buñuel, Ford, Berlanga, Hitchcock, Ferreri, Sirk, etc. Y, por tanto, como se cree ya uno de ellos, puede realizar abiertamente referencias a sus propios filmes tal como lo hace con los de los otros directores. No dudo que el manchego es ya uno de los clásicos, y tampoco que todo el mundo tiene derecho a divertirse sin que yo le agüe la fiesta. Para eso están algunos críticos como Carlos Boyero y su polémica aunque certeramente analizada crítica hacia Almodóvar, sin tener en cuenta el contraataque del segundo. Pero, más allá de discusiones bizantinas, cualquiera comprenderá que la autocita es la manera más efectiva de forzar a la audiencia lejos de las salas de cine si no quiere participar en la ceremonia futil del ombliguismo.
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