Adiós a JAR, el Gran Imagófago

El historiador del arte Juan Antonio Ramírez
Laura me lo dijo lacónicamente al otro lado del teléfono mientras las voces en el supermercado apenas me permitían oír: “Que Juan Antonio se ha muerto”. Al final pude entenderlo, aunque me resistía a creer sus palabras cargando con varias latas de atún –las mismas que él utilizaba para sus esculturas de latoflexia–  de camino a la caja. “Que sí, Rafa, créeme —insistió Laura—. Que Ramírez murió ayer”. La contundencia sonora de su apellido convirtió en realidad lo que hasta entonces era puro escepticismo; me sentí desorientado por unos minutos. Pese a que los años vayan pasando y las arrugas vayan surcando el rostro con paciencia, uno nunca dejará de ser niño en lo tocante a la muerte: creemos que eso no le puede ocurrir a quienes admiramos ni a los seres queridos. Jamás pensé que recibiría la noticia de aquella manera, realizando una actividad tan insulsa como la compra, y a miles de kilómetros, sin posibilidad de darle en persona el último adiós.

Un mes más tarde, no recuerdo muy bien por qué razón, me topé con un link de su web en la Universidad Autónoma de Madrid. Lo pulsé como un acto reflejo: sabía que estaría allí su retrato algo forzado, sin su naturalidad característica, con esas gafas de pasta naranja que acababa de comprarse y delante de los testigos oculistas de Duchamp colgados en la pared como una tabla de oftalmólogo –la misma que adornaba su oficina cuando tomé por privera vez un curso con él, se cumplen de eso ahora veinte años–. Debajo andarían desplegadas sus líneas de investigación, sin olvidar la tabla de horarios y los cursos ofertados. Lo que no podía imaginarme es que mi petición iba a ser respondida con la siguiente pantalla:

Creo que, pese a todo, a Juan Antonio esto le habría gustado, ya que tenía todos los visos de una boutade. Incluso llegué a pensar que me estaba respondiendo en clave desde el más allá con un guiño a lo Marcel Duchamp/Rrose Sélavy. Algún operario ignorante de la Universidad Autónoma de Madrid, siguiendo las órdenes de un supervisor aún más ignorante, no había tardado ni un mes en borrar toda huella del magisterio de Ramírez en aquella institución durante los últimos 25 años.
Debo confesar que me dolió enfrentarme a esa pantalla tan expeditiva y fría. Me negué a asumir un absurdo tan categórico; que Juan Antonio fuera al fin y al cabo un link más en la enorme red donde nos asomamos todos y que, a un mes de su muerte, se suprimieran todos los signos de su docencia en la UAM. En ese caso, yo habría preferido que la causa de esa pantalla fuese el retiro. Al menos no me habría privado de su amistad, magisterio y consejo. Sin embargo, quienes conocimos a Juan Antonio –cuánto me cuesta emplear el verbo en pasado– sabemos que el término “jubilación” jamás habría formado parte de su vocabulario. Por eso tuvo que abandonarnos repentinamente en lo mejor de su febril tarea intelectual: tal era su estado de gracia.
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