Damien Hirst está perdiendo su "Wow Factor"

“Pobre niño rico”, podría ser el titular de este artículo. Damien Hirst (DH), el bad boy de la escena artística, el hombre que conmocionó el mundo del arte con sus animales muertos en tanques de formol, sus píldoras en estantes y su calavera cubierta de diamantes, está sufriendo sus peores críticas en veinte años de trabajo. Y solo porque quería jugar a hacer lo que tradicionalmente era habitual en un artista: pintar telas al óleo. En otras palabras: quería jugar a ser Bacon o Velázquez por un rato, citando sus propias obras en otro medio. Tan solo eso. Lo bueno es que los artistas con coraje –y muchos ceros en sus cuentas corrientes– tienen mayores probabilidades de hacer realidad sus sueños. ¿Que quiero mostrar mi obra al lado de Poussin en the Wallace Collection? Eso está hecho, pues firmaré un cheque por 266,000 euro –alrededor de $362,000– que servirá para reformar esas salas y desplegar así mis obras de gran formato.

“Controversial or not controversial?”: DH como Hamlet posmoderno

Vale. Ya había realizado pinturas previamente en series como las spot paintings, spin paintings, o los cuadros que imitaban fotografías. Pero entonces había una enorme diferencia: las habían pintado sus asistentes. Así pues, me pregunto: ¿por qué el ingenioso DH ha cometido el garrafal error de pintar él mismo aquellas telas? Y más cuando sabe de sobra que, después de Marcel Duchamp, un artista no tiene por qué pintar bien –ni tan siquiera pintar– para hacerse famoso.

Creo que este asunto debe analizarse desde otra perspectiva, comparándola con el ejemplo biológico de una simbiosis. Como saben, la simbiosis es una asociación entre organismos en la que todos salen beneficiados. La Wallace Collection –un museo encantador que sin embargo no suele salir en los medios– está ahora en todos los titulares gracias al bueno de DH. Este se aprovecha, a su vez, de la crisis global y agudiza el ingenio: si Picasso quería mostrar su trabajo en el Louvre al lado de Uccello, Leonardo y Mantegna, ¿por qué yo no voy a hacer igual en el museo de la Hertford House? Y como estos no son buenos tiempos para el mercado del arte, tenía muy claro que sus obras no se iban a vender en Sotheby’s. Prefirió, por ello, convencer a un millonario de la Europa del Este de que sus telas serían la guinda para cualquier coleccionista cool. Y con ello tenemos el segundo ejemplo de simbiosis en nuestra teoría artística.

“Mereció la pena firmar el cheque”, piensa con orgullo DH. © EFE, 2009

Mientras tanto, la lista de adjetivos sobre sus obras es larga y displicente: insulsas, anodinas, monocordes, amateur, torpes, aburridas… Pero en mi opinión son una simple variación de su becerro o tiburón sumergidos en un tanque de formol y la discusión inútil sobre si son o no obras de arte. Todo esto, y no creo equivocarme, a DH debe importarle un comino. Su trabajo no tiene nada que ver con el arte. De hecho, DH siempre ha sido un entertainer implicado en la polémica artística, por más que su falsa audacia comience a aburrirnos tanto como su más reciente exposición.

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Un Comentario

  1. Michelle Munoz

    Nunca olvidaré la primera vez que vi una de sus obras con formol. Fue en el Astrup Fearnley Museet for Moderne Kunst (Oslo), y la pieza fue “Mother and Child Divided” (1993). Pasar entre esos contenedores fue una experiencia única, y me hizo comprender (¡al fin!) por qué Hirst se enfocó en usar estos animales en este contexto tan extraño.

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