Que despierten los zombis

Una de las múltiples asociaciones de la palabra cultura tiene que ver con cultivo y, por lo tanto, con la tierra. En estos tres días del simposio Repensando el manglar, el trabajo de los paneles culturales se ha centrado en el estudio de las relaciones artísticas, performativas, musicales e identitarias en una tierra que no tiene la forma unitaria de las grandes placas continentales, sino la más fragmentaria y rica de islas y archipiélagos. Y si menciono la palabra variedad, es porque nuestras tierras caribeñas, desplegadas en el mapa de manera caprichosa, se nos ofrecen como un mundo vislumbrado de forma fascinante a través de las facetas de un diamante.
Los contenidos de los paneles que han conformado el área de cultura presentan justamente esa pluralidad de visiones que enriquecen y abren nuevos interrogantes sobre el estudio de esta encrucijada de seres, estares, conocimientos y sentimientos formativos de lo caribeño. El Caribe real y el Caribe imaginado, la variedad de ritmos y músicas, la fértil simbiosis entre el rito y la tradición, las urdimbres entre raza, clase y género, la tensión entre lo identitario y lo performativo, han sido los grandes enunciados sobre los que se han articulado estos paneles de cultura, para dejar bien clara la necesidad de una interdisciplinariedad académica y cognoscitiva si queremos profundizar no solo en las entrañas de la realidad en que vivimos, sino también en la razón de ser de lo caribeño.

El mar que dispone la propia configuración del Caribe como una pléyade de islas puede ser también un conformador de vectores en los que las aguas pulverizan su identidad plurisecular como peligro para convertirse definitivamente en oportunidad de conocimiento y de interconexión de experiencias. De esta manera, lo caribeño trasciende sus propios límites. El mar, por tanto, que ha permitido la diáspora, ha acogido a algunos de sus más ilustres pensadores e infatigables investigadores, ofreciendo la oportunidad de compartir sus saberes con nosotros.

Desde ese punto de vista, analizamos las confluencias culturales (trans)caribeñas en el ámbito de la música popular tanto en su vertiente tradicional como moderna, comprobando cómo el discurso del poder se vuelve inoperante ante la fuerza de tales manifestaciones, sea el hip hop, el reggaetón o la parranda. Reflexionamos, además, sobre la representación de lo caribeño en la cultura popular: la ausencia de ciencia ficción en el imaginario de los autores puertorriqueños y la ficcionalización en la imagen de lo oriental caribeño. Nos acercamos a las representaciones de la identidad puertorriqueña y a los imaginarios de las identidades caribeñas, desentrañando las confluencias de su realidad propia y de su construcción ajena, la contaminación de otras culturas y la hibridación de dichas construcciones como germen para la formalización de nuevas identidades. Valoramos y cuestionamos, finalmente, la importancia de los desplazamientos espaciales para ofrecer valores nuevos y transformar los antiguos en relación con el cuerpo, la raza, la religión y el performance, en su variante musical, ritual y carnavalesca. Todos ellos se disponen como un fértil sustrato para afianzar y continuar el desarrollo de los estudios culturales. Para abrir interrogantes y proponer nuevas miradas en un proceso que ha comenzado y que no sabemos muy bien adónde nos llevará.

Una breve referencia a las difíciles circunstancias que hemos vivido. Anunciadas con la fiereza de un huracán, gracias al apoyo de colegas y aliados, y a la presencia de ustedes, se han convertido en una suave brisa que puede servir como acicate para continuar la marcha en tiempos difíciles. En unos tiempos en los que la producción y la transmisión del saber se intentan ajustar a la frialdad de los números y a ristras interminables de ceros, debemos proclamar en alta voz la necesidad, la urgencia y la autonomía de la cultura. No se trata tan solo de actualizar el lema de que la cultura nos hará libres, sino principalmente que la cultura, hoy más que nunca, es el único antídoto que nos puede hacer salir del letargo y formar a ciudadanos íntegros y críticos en los y las estudiantes que pueblan nuestros salones, se dediquen o no al ámbito de la cultura y acaben o no siendo los futuros profesionales en los campos de la ingeniería, la biología, la economía o el mundo empresarial. Es momento de atreverse a sacar a Eurídice definitivamente del Hades, es momento de –utilizando una imagen incontestablemente afrocaribeña- desenmascarar a los falsos oficiantes y de entregar a montones, a paletadas si fuera necesario, la dosis de sal necesaria para romper el plurisecular sortilegio y para ayudar a que otros abandonen, definitivamente, su condición impuesta de zombis.
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